La Coctelera

Blog de Beatriz Garrido

MUJERES EN LA BLOGOSFERA

2 Enero 2007

Detrás de la letrina

Florielazos Blog

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Todas en la casa lo veíamos de reojo. Esto es, todas las viejas o las que pasábamos los veinticinco. Las niñas no tenían cómo saberlo a no ser que nosotras contáramos y de hecho así era como lo sabían algunas de las veinteañeras.
A mí me daba lástima mi prima, la hija. Ella tenía que saber. Talvez de primera mano, lo cual me aterrorizaba puesto que compartían el techo y no quería darle rienda suelta a mi malicia para no sufrir la congoja ajena. Talvez lo sabía sólo de escuchar los cuchicheos de las demás, las que habíamos sido víctimas o las que habíamos oído la historia que se repetía cada tanto.
Yo, más que verlo de reojo, lo miraba con desprecio y hasta con cierto asco. Cada vez que tenía por algún motivo ineludible que llegar a casa de mi tía y topármelo de frente, hacía un giro violento para saludarlo de larguito, sin que siquiera me rozara. Ya estaba viejo y se le veía cansado, pero su sonrisa seguía albergando la misma mala vibra de siempre. Y aunque hacía mucho que no escuchaba de nuevos incidentes, ya se sabe lo que dicen del perro que come huevos y del zorro viejo, entonces para mí y creo que para todas las demás, eran suficientes las experiencias pasadas para no extender la visa del perdón.
A mí me pasó una sola vez y con eso fue suficiente. Recuerdo que todavía funcionaba el excusado de hueco que estaba por detrás de la casa aunque el único que lo usaba era mi abuelo porque no se acostumbraba a ir adentro. Yo venía de donde otra de mis tías hacia la casa de abuela cuando me pareció ver una sombra moverse a un lado de la casucha. Seguí mi trote despreocupado de chiquilla de diez años, cuidadosa sólo de no chocar con un chahuite para no manchar mi ropa. En eso, la sombra se materializó y lo vi viéndome, con esa sonrisa enferma y blandiendo una cosilla blanca y arrugada entre sus manos, a la altura de la ingle. La sacudía como si quisiera arrancársela y tirármela encima. Sólo el pensamiento de que tal cosa pudiera pasar me hizo levantar un polvazal en la carrera hacia la seguridad de los delantales de mi abuela. Sobra decir que llegué vomitando el corazón del carrerón y del susto.
La historia fue más o menos la misma con todas, menos con mi prima la que es dos años mayor que yo. Su carácter nunca había sido el más dulce y lo demostró cuando, al repetirse el cuadro detrás del excusado, no sólo no puso pies en polvorosa sino que se agachó a recoger la primera piedra que fuera lo suficientemente grande para cubrirle la palma de la mano derecha, se acercó para tener mejor chance y se la dejó ir encima con toda la fuerza que su brazo le permitió. Dice mi prima que la piedra iba dirigida al bajo vientre pero se la pegó en el pecho de donde rebotó al suelo sin hacer mayor daño. Siempre he admirado ese gesto de valentía de mi prima pues, aunque yo me paralicé por un nanosegundo, para lo único que me dio la cabeza fue para salir corriendo.
Se preguntarán porqué alguno de los varones de la familia no le dio una buena majada de hocico para que dejara la maña y la respuesta será invariablemente la misma: porque pobrecita mi tía. A mí la lástima nunca me dio para tanto. Muchas veces deseé ser más grande y ser hombre para enseñarle a ese pedazo de pervertido lo que era el miedo; talvez así aprendiera.
Ya de grande me preguntaba cómo fue que las cosas nunca pasaron a más. Bendita la Providencia por eso.
Ahora, cuando me toca ir de nuevo a la casa de mi tía y me lo topo vuelven los malos recuerdos, propios y ajenos. No pierdo de vista a mi hija ni por una milésima de segundo. Aunque debo confesar que en secreto desearía ver el mínimo gesto por parte de él para que conozca, de mis propias uñas y puños, lo que pueden hacer el miedo y la rabia de una niña hecha madre, acumulados a lo largo de dos décadas.

Elucubrado por Floriella @ 10:05 PM

Tomado de Rima
www.rimaweb.com.ar

Tags: cuento

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