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Viernes 29 de Diciembre de 2006

08/12/2006

Barbarie discursiva y total desparpajo. Parece no importar demasiado la
posibilidad de un juicio por calumnias o injurias: la necesidad de sostener
un nivel de audiencia considerable lleva, aparentemente, a que se cometan torpezas ciertamente imperdonables.*

Por María Elena Ferreyra

Desde hace 13 días, los productores, editores y cronistas de los medios
periodísticos argentinos tienen sed por develar quién fue el asesino de la
señora Nora Dalmasso de Macarrón.
Desde hace 12 días, el país quiere conocer la pista, el nombre, el apodo, la
nacionalidad, el color de pelo, el móvil, de la persona que mató a esta
señora.
Para muchos teóricos analistas de los medios, la realidad se construye
mediáticamente. Es decir, la manera en la cual los hechos son comunicados,
difundidos, dados a conocer, referencia la esencia y la existencia misma de
estos acontecimientos. En otras palabras, nunca conocemos lo que ocurre,
sino que vemos, escuchamos y leemos historias elaboradas por los medios.
Nunca sabemos nada.
Esta mirada apocalíptica, llevada al extremo, puede resultar apabullante si
nos hace pensar que estamos rodeados de una gran ficción, que vivimos en un
mundo guionado, producido y dirigido por los medios y por sus líneas
editoriales. Llevada al paroxismo, esta mirada nos volvería terriblemente
paranoicos y tal vez se volvería muy difícil pretender una vida social
emocionalmente digna.
Sin embargo, desde hace 13 días, la ciudad de Río Cuarto pareciera haberse
convertido en el set de algún capítulo de la serie Amas de casa
desesperadas.
La manera en la que los medios periodísticos, fundamentalmente los canales
televisivos de Capital Federal, están cubriendo esta información mueve a la
reflexión y, por qué no, al espanto.
En el edulcorado living del programa de 9 a 12 , de Canal 9, Maby Wels y su
co-conductor entrevistaban el miércoles a un psiquiatra a raíz de las
declaraciones dadas por el doctor Macarrón –conocido ya en todo el país como
"el viudo"–. Los conductores cuestionaban la "asombrosa tranquilidad" con la
que Macarrón se refería a su esposa, a su duelo, a sus dudas; cuestionaban
sus expresiones y sus deseos por "seguir trabajando", indicando que este
deseo "narcisista" (Wels dixit) era cuanto menos sospechoso… a lo que el
psiquiatra invitado acotó: "El narcisismo es una característica de los
psicópatas".
Por otro canal, a la misma hora, un móvil en vivo apostado frente a la casa
de la familia Macarrón transmitía para Capital Federal y –para todo el país–
que el señor Macarrón estaba hablando por teléfono en el living de su casa y
que ya se iría seguramente a algún lado...
¿Qué sentido tenía ese móvil allí? ¿Qué podría ocurrir, de repente?
En este momento, al menos siete canales de todo el país tienen a un
periodista parado frente a la puerta de ese hogar.
El doctor Macarrón brindó una conferencia de prensa movido por el deseo de
sus hijos y por su propia necesidad de limitar semejante invasión, pero no
lo consiguió, ya que generó una ola de especulaciones nuevas. Seguramente,
su silencio también habría sido considerado sospechoso y alimentado otras
especulaciones, otras ficciones.
El lugar del morbo. Entre los criterios de noticiabilidad, los manuales de
periodismo se cuidan de indicar el morbo. Pero sin lugar a dudas es este
elemento el de mayor peso en esta historia.
La manera en que, con total desparpajo, se tejen y destejen uno y cientos de
guiones referidos a la vida privadísima de estas personas, no deja de
asombrar.
La notoriedad es un elemento importante, de allí lo interesante, por
ejemplo, de ver o presumir involucradas a personas vinculadas con el
Gobierno provincial, hipótesis que se fue desmoronando de a poco. Ante esto,
aparece la necesidad de elaborar nuevas historias.
Los límites no aparecen: todas las historias son reproducidas con iguales
rasgos de verosimilitud y cualquier hipótesis es válida para sostener la
noticia en el tiempo.
Pero la sed continúa. La mesura y los tiempos de las investigaciones
judiciales no son buenos aliados de los segundos televisivos. Es necesario
"decir algo", aunque sean rumores, off the record, trascendidos,
declaraciones de criminólogos de Caballito o de psiquiatras de Villa Freud.
Todo sirve.
Ficción o realidad. Es muy difícil para los televidentes advertir las
pequeñas diferencias entre un dato de una fuente confiable y efectivamente
vinculada a la situación de un rumor azaroso, de una opinión "especializada"
o de una creativa ficción que dan por sospechosas a personas concretas, con
nombre, apellido, hijos, familia, trabajo.
La seriedad profesional y la honestidad intelectual tampoco son buenas
aliadas de los programas periodísticos nacionales.
Barbarie discursiva y total desparpajo. Parece no importar demasiado la
posibilidad de un juicio por calumnias o injurias: la necesidad de sostener
un nivel de audiencia considerable lleva, aparentemente, a que se cometan
torpezas ciertamente imperdonables. Ni conferencias de prensa, ni
comunicados, ni declaraciones oportunas parecen ser capaces de aplacar tanta sed.
*Magister en sociosemiótica. Docente de las universidades nacionales de
Córdoba y Villa María
© La Voz del Interior

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