PAGINA 12 - RADAR Libros

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06 diciembre 2006
Difundido por RIMA - Red Informativa de Mujeres de Argentina

Reina Roffé supo ser una escritora revelación y una novelista
censurada por la dictadura. Los avatares del exilio y la literatura
la alejaron de la Argentina, pero desarrolló una importante carrera
literaria en el exterior. Autora de novelas de ruptura, biógrafa de
Juan Rulfo, actualmente prepara una novela sobre un drama oculto que
vivió García Lorca en Argentina. Desde Madrid, donde reside
actualmente, habló con Radar.

Por Alicia Plante

Reina Roffé nació en Buenos Aires. Sin embargo, siempre en alguna
forma de relación con su actividad como escritora, vivió exiliada
durante largos períodos, generalmente por motivos políticos aunque
luego también económicos. En 1973 había publicado Juan Rulfo:
autobiografía armada (reeditada en Barcelona en 2001). Su primera
novela, Llamado al Puf, había obtenido ese mismo año el Premio
Pondal Ríos al mejor libro de autor joven en el concurso de la
Fundación Odol. Sin embargo, la aparición de su segunda novela,
Monte de Venus, en el aciago año 1976, ofrecía una visión
iconoclasta de la mujer en la sociedad porteña y uno de sus
personajes era una mujer homosexual. Dada la época que se vivía,
lejos de ser premiada y celebrada fue inmediatamente prohibida por
la censura militar, que la secuestró de las librerías por inmoral y
escandalosa. A la sazón, Roffé tenía 24 años, y para ella y su
pareja, el escritor Juan Carlos Martini Real, comenzó un período
angustioso de idas y venidas promovidas por el miedo, la rabia y el
dolor de la pérdida de amigos y colegas.

En 1978 Roffé y Martini Real tuvieron la oportunidad de viajar a
Estados Unidos, donde prolongaron su estadía todo lo posible. Unos
meses más tarde, a poco de regresar a Buenos Aires, la pareja se
separó, como ocurría con frecuencia en esos días de disolución y
quiebre. En 1981 Roffé obtuvo la beca Fullbright para escritores y
regresó sola a Estados Unidos por tres años y medio. Allí editó el
libro Espejo de escritores (Ediciones del Norte, New Hampshire,
1984). En 1987, de vuelta en su tierra desde 1984, publicó su
tercera novela, La rompiente, editada simultáneamente en Buenos
Aires por la entonces ascendente editorial Puntosur y en México por
la editorial Universitaria de Veracruz; con esta novela corta había
ganado el Premio Internacional de Narración Breve otorgado por la
Municipalidad de San Francisco, Córdoba, Argentina. Este libro ha
sido y es objeto de estudio por investigadores americanos y
europeos, y al momento de su publicación, en la mitad de los `80,
obtuvo buena atención también por parte de crítica y público.

Actualmente y desde 1988, Roffé reside en Madrid, una ciudad a la
que no considera "su lugar en el mundo" pero en la cual, entre una y
otra visita a la Argentina, coordina talleres de lectura y escritura
creativa en el Centro Cultural Pablo Iglesias de Alcobendas. Es
además colaboradora de la revista Cuadernos Hispanoamericanos y
firma invitada en el Centro Virtual Cervantes. Asimismo, desde
ese "puerto" en el cual recaló inicialmente por un ofrecimiento de
trabajo, la labor creadora continuó y en 1996 la Editorial
Sudamericana publicó su cuarta novela, El cielo dividido, mientras
en 2001 la Editorial Páginas de Espuma de Madrid puso en las
librerías Conversaciones americanas, un libro que contiene doce
entrevistas a autores latinoamericanos. Asimismo, una extensa
biografía, Juan Rulfo. Las mañas del zorro, aparece en Madrid en
2003, y en 2004 Roffé da a conocer los relatos reunidos bajo el
título Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras.

¿Cómo se entrevista a una escritora a la que vacilamos en acercarnos
con una pregunta concreta? La lectura de textos recientes en un
primer contacto nos engaña con la impresión facilista de que la
maduración de su escritura develará a la secreta autora de La
rompiente. Porque a Reina Roffé no se la devela. Está –diría– en su
esencia no ser nunca indudablemente comprendida, permanecer de este
lado de la incertidumbre mientras explora aguas abisales,
deslumbrantes, en las que no existen el tiempo como orden ni las
razones habituales. Cada tanto asomamos con el personaje a la
superficie de lo cotidiano y nos sentimos pletóricos de oxígeno y
sentido, hasta que el relato nos arrastra consigo a mayores simas, a
la reconstrucción del instante a partir de su fractura, y lo no
dicho, lo ambiguo, la belleza conmovedora de lo onírico nos cortan
la respiración y a la vez nos dejan con la sensación de haber
extraviado por un momento el hilo conductor... No es así. En
realidad entendimos todo. Todo el tiempo.

Leer a Roffé podría semejar un súbito viaje a Oriente, amanecer
perplejos ante lo profundamente extraño. Sin embargo, en un recodo
incierto la estética de sus imágenes, las palabras –apenas una
herramienta exquisita–- nos invitan a calar con ella cada vez más
hondo, hasta los últimos repliegues, donde tal vez encuentre –y
encontremos con ella– la explicación primordial que al fin acerque
el horizonte, la que no pasaba por el lenguaje, por la belleza ni
por los sobresaltos de ninguna historia, pero a la que sólo así
podremos, quizás, acceder.

¿Qué podés decir de la incidencia de tu historia personal en la
relación entre imágenes y palabra escrita?

–Antonio Tabucchi, en su Autobiografías ajenas, señala que toda
forma de escritura novelesca, especialmente la que pasa a través del
Yo, refleja siempre una imagen de uno mismo. Dice: "Escribir,
escribirse: la cuestión es siempre la misma, para hablar de uno
mismo es necesario buscar el uno mismo que no existe". Y asegura que
él siempre ha escrito autobiografías ajenas. De otra manera, o a mi
manera, podría decir que buena parte de la literatura de imaginación
es una suerte de simulacro de la autobiografía y las memorias.

¿Dirías, entonces, que en tu obra, por ejemplo La rompiente, te
internás en la ficción desde resortes de la memoria?

–Sinceramente, no lo sé. Coincido con Tabucchi cuando afirma que
tanto la verdad como la mentira en literatura no significan
nada. "La literatura es una realidad paralela", siempre es otra
cosa, afirma.

¿Volverías a transitar por caminos o propósitos ya recorridos?

–Ahora prefiero itinerarios distintos, porque me gusta tomarme el
pulso como escritora, aun a riesgo de no ser comprendida, de
fracasar en el intento, de perder o disgustar a mis lectores
habituales, que son pocos y muy queridos. El ejercicio de romper con
moldes y modelos una lo debe practicar también con su propia
escritura. De cualquier forma, ciertas obsesiones persisten, temas
que piden una recreación constante. En este sentido debo reconocer
que algunos elementos de La rompiente se colaron a El cielo
dividido, especialmente los relacionados con el cuerpo y la
enfermedad.

Y entre los personajes de las dos historias, ¿hay situaciones o
conflictos que se reiteran, circunstancias que las emparientan u
oponen?

–Ambas novelas están atravesadas por climas reconocibles que se
filtraron en los textos y las situaron en una Argentina asolada por
sus vaivenes dictatoriales y políticos. No podía ser de otra manera:
toda violencia deja sus marcas en el cuerpo social e individual.
Marcas que no quería ni podía describir dado su peso aterrador, pero
que están, aun de manera soterrada, condicionando la vida de los
personajes.

En tal sentido, ¿buscaste nuevas formas de trabajo? ¿Dirías que se
produjo una evolución en tu manera de aproximarte a lo que vas a
narrar?

–Ese es un constante desafío. De hecho, empecé a escribir La
rompiente guiada por el imperativo de encontrar una voz propia
liberada de cualquier mediación o autoridad y que pudiera hablar
oponiéndose al discurso dominante, que sirviera para romper con las
voces autoritarias de la Junta militar, que tuvieron una fuerte
ascendencia en buena parte de la sociedad argentina durante los `70
y `80. Trabajé con el tema del viaje y del exilio, y el del
silencio, aunque me interesaba especialmente tratar cómo la mujer
vivió esos desplazamientos y esas censuras. La novela arranca con el
viaje al extranjero, donde a la protagonista, una escritora, se le
facilita el poder hablar, sin embargo cuenta una historia que está
trabada por el miedo, por la imposibilidad de decir "la verdad".
Otra cosa que me propuse fue mostrar la permeabilidad entre lo real
y lo ficticio, entre vida y literatura. Hacia el final se expresa
sin tapujos el impacto de la violencia en el personaje femenino. El
quiebre de su identidad se manifiesta en depresión, "anhedonia": es
decir, enfermedad, la cama se erige en fortaleza contra un tiempo de
oprobio.

¿De qué manera es diferente El cielo dividido? ¿Y en qué dirías que
no lo es?

–En esta otra historia seguí explorando alternativas para
interpretar la temática del viaje pero centrándome en las violencias
que presenta un regreso tras largos años de ausencia, lo que se dio
en llamar el "desexilio". Ocurre a mediados de la década del `80, ya
recuperada la democracia. Les di mucha importancia a ciertos hitos
de escritura y trabajé la técnica de fragmentos, la multiplicidad de
voces, la superposición de tiempos narrativos. Intercalo la tercera
persona con relatos en primera dirigidos a diferentes escuchas que
oyen, interfieren u opinan, y modifican lo contado.

Diría que ese recurso, que también utilizás en La rompiente pero no
tan sutilmente, produce un desdoblamiento constante, algo como un
juego especular entre los personajes y sus voces, que enriquece
mucho el punto de vista. ¿Es eso lo que buscás?

–Busqué alternativas discursivas para interpretar de otra manera que
en La rompiente los efectos de la violencia vivida por muchos
argentinos, pero colocando a la mujer en el centro del discurso para
analizar su relación con la historia. Estos libros me permitieron
elaborar aquellos temas que me obsesionaban: el silencio, el viaje y
la memoria como recuperación. También las modulaciones de una voz,
ésa tan anhelada por la protagonista de La rompiente, y que no
resultó esplendorosa sino extraña, extrañada, una mixtura de
modalidades y giros lingüísticos, una voz contaminada por la
migración, cosa que denotan, de forma significativa, algunos relatos
incluidos en Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras, mi
último libro de ficción.

¿Mujeres raras en qué sentido?

–En verdad, sólo son raras para quienes esperan de ellas un
comportamiento que se amolde a las generales de las leyes sociales,
religiosas o políticas, que no acatan, porque se rebelan hasta de la
rebeldía. Raras, en todo caso, porque viven como extranjeras incluso
en su propio país. Raras, por el extrañamiento que desencadenan
ciertas situaciones en las que se ven envueltas. Raras, porque la
realidad, el afuera enrarecido, las descoloca. Algunas son víctimas
de exclusión; otras, incluso, de explotación paterna o laboral.

¿Algo enlaza un cuento con otro?

–Diría que es el propósito de representar los distintos tipos de
exilio, de batallas íntimas que se libran en estados extremos de
descomposición social. Por ejemplo en el cuento "La noche en blanco"
pongo en escena a una mujer mayor, una francesa que sobrevivió a un
campo de exterminio nazi y está exiliada en la Argentina, y a una
pobre niña que se queda sola cuando el ejército secuestra a su
madre. Hay ahí dos patrias que están en toda mi producción: la
histórica, asfixiante y llena de prepotencia; y esa otra, la de la
niñez, pilar sobre el que se construye la vida, se encarama la
memoria, se elabora el lenguaje –que es la patria más íntima de un
escritor–.

¿Estás en deuda con alguna historia que sentís que te está esperando?

–No sé si en deuda, pero en este momento estoy trabajando sobre una
década que yo no viví y que me interesa explorar porque me parece
significativa de nuestra historia como país, la del `30, pero
poniendo el acento en el presente con el objeto de rodear el enigma
de la cuestión argentina, representar el efecto de la
transculturación y poner en juego elementos que se cruzan entre dos
siglos, el XX y el XXI. En el marco de una Buenos Aires culta y
festiva –pese a la crisis que experimentaba–, tanguera y melancólica
pero llena de esperanza, por la que desfilan personajes muy
importantes de la literatura y la mitología del Cono Sur, se sitúa
la novela, que girará en torno de un drama oculto, inexplorado hasta
ahora, que el poeta granadino Federico García Lorca vivió durante su
visita a la Argentina.

Esta indagación, recuperación y re-puesta en escena de aspectos de
la vida de otro escritor, se asocia per se con tus trabajos sobre
Juan Rulfo. En ese caso específico, ¿cómo surgió tu romance con su
obra?

–Surgió cuando leí los cuentos y luego su Pedro Páramo, a principios
de los setenta. Recuerdo que quedé absolutamente seducida por el
lenguaje poético-campesino de su prosa, que dijera tanto en tan
pocas palabras, que recreara sutilmente, con ironía y con humor,
capítulos muy importantes de la vida política de México, como son la
Revolución Mexicana y la revuelta cristera. Fueron primero sus
libros y luego lo que me llegó de su extraña personalidad, su
melancolía, su negativa a seguir publicando, su perfeccionismo, lo
que desembocó inmediatamente en aquel primer texto, Juan Rulfo:
Autobiografía armada. Luego fue el segundo, Juan Rulfo. Las mañas
del zorro. Con la novela Pedro Páramo Rulfo logró algo que fue un
postulado para muchos narradores de su generación: revitalizar la
palabra en función de un género que parecía sucumbir en aguas
estancadas, apostar por una auténtica renovación estética. Y éste
fue, quizá, su mayor hallazgo: ajustar hasta el paroxismo el
lenguaje particular con el que se expresan sus personajes. Operar
con la condensación y el rigor del poeta que lo llevó a corregir sus
textos hasta la desesperación, persiguiendo siempre la forma más
eficaz de expresar una idea o un sentimiento, de dar con una voz
única. Esta fue la lección de Rulfo que yo traté de asimilar para mi
proyecto de escritura, una lección que también encontré en autores
geográficamente más próximos, como Borges y Onetti.

¿Conociste a Rulfo?

–Sí, estuve con él un par de veces en 1974, cuando visitó nuestro
país como parte de la comitiva del presidente Echeverría en un
recorrido por América latina para preparar un encuentro de
escritores de la región. Yo ya había publicado Autobiografía armada
y llevaba un ejemplar para él. Aunque parco en palabras, porque era
tímido e inseguro, habló extensamente de ciertos temas, por ejemplo
uno que lo obsesionaba: el asesinato por la espalda de su padre a
los 33 años, cuando Rulfo tenía sólo seis. Un hombre amable que a
pesar del éxito inmenso de su obra llevaba en el rostro la pena
enorme de sentirse un escritor fracasado, uno que por inhibición o
autoexigencia desmesurada no podía escribir nada que considerase
apto para su publicación. Sentí que en esto consiste el verdadero
fracaso de un escritor.

¿Existe en vos un lector imaginario, ideal, para el cual escribís?

–Como no soy complaciente cuando leo y suelo subrayar líneas del
texto, apuntar comentarios en los márgenes de los libros –cosa que
indignaría a los profesores que tuve–, imagino a mis lectores
haciendo lo mismo; los veo con un lápiz en la mano, llenando de
interrogantes, tachaduras y correcciones algunas de mis páginas; los
veo escribiendo otro libro, más diáfano, casi perfecto, ése con el
que yo sueño y no puedo realizar. Son los lectores ideales que
necesito para alimentar la ilusión de escribir algo que supere todo
lo anterior y me salve como escritora.

¿Qué autores tuvieron peso en tu propia estética?

–A Maupassant, Chéjov, Poe y Kafka, que circulaban en mi casa,
empecé a leerlos a los diez o doce años. Luego conocí a Camus,
Sartre, Simone de Beauvoir y la literatura latinoamericana. En los
sesenta y setenta todos los jóvenes teníamos un libro de Cortázar,
Rulfo, Onetti, Vargas Llosa o García Márquez en la mesa de luz.
También me interesé especialmente en Borges, Silvina Ocampo,
Felisberto Hernández y, desde luego, Roberto Arlt. También tuvieron
gran peso en la construcción de mi propia estética las obras de
Virginia Wolf, Carson McCullers, Flannery O'Connor, Djuna Barnes,
Salinger, Nabokov, incluso Marguerite Duras y Yourcenar. Escritores
diversos y estéticas distintas que sin embargo me permitieron
encontrar una dirección propia que todavía intento consolidar.

Al escribir, ¿cómo te relacionás con la belleza, con la verdad, con
el bien?

–Vuelvo a Tabucchi cuando dice que los creadores son quienes mejor
sospechan la verdad a través de la ficción. Diría que una escribe
para acercarse a la verdad y la belleza, para poner orden en el
caos, para encontrarle ciertos atisbos de esplendor a la realidad,
que es, de por sí, opaca, desangelada y simplificadora. Sin
literatura, sin colocar la novela en la vida, a mí quizá se me
habría hecho imposible entender ciertas cosas que hemos vivido los
argentinos de mi generación, no hubiera podido ver ni sentir nada
con la misma intensidad o con la misma conmoción. En cuanto al bien,
sin un sentido ético de la vida sería imposible escribir algo que
mereciera la pena de ser leído. Un escritor en la Europa del post
Holocausto o en la América de las dictaduras y las democracias
complacientes, debe tomar parte, declarar su repudio y trabajar,
desde los estrados a su alcance, contra la intolerancia. Y eso es lo
que yo hago, modestamente, sobre todo a través de la escritura, mi
arma secreta.

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