La Coctelera

Blog de Beatriz Garrido

MUJERES EN LA BLOGOSFERA

6 Diciembre 2006

El señor Gutiérrez

CIMAC MEXICO

Testimonio de una vida con violencia

Por Ámbar*

México, 5 dic 06 (CIMAC).- Hay tres olores que desde pequeña me han
resultado absolutamente intolerables, incluso nauseabundos: saliva, aliento
alcohólico y cigarro. Esto viene a cuento porque hoy quiero hablar de un
personaje que estuvo presente en mi vida de los cuatro a los siete años y
medio: el señor Gutiérrez.

Cuando era una niña de cuatro años, el famoso señor Gutiérrez era un
anciano de más de setenta. Viejillo de estatura baja, de piel morena,
flácida y llena de arrugas. Tenía una papada protuberante que le
temblaba a la menor provocación. Un tic que lo obligaba a hacer un guiño
con el ojo izquierdo en forma intermitente, al mismo tiempo que su boca
hacía una mueca desagradable.

Lucía unos bigotes entre grises y amarillentos por el tabaco, excesivamente
gruesos, que a mi se me imaginaban espinas de chayote.

Tenía barba cerrada que no afeitaba con mucha frecuencia. No me gustaba
saludarlo de beso, pues aparte del aliento alcohólico mezclado con cigarro
que despedía, sus dientes tenían ese desagradable color amarillento que
denotaban a un gran fumador. Cuando me obligaban a saludarlo, decía yo:
"No, porque está espinoso".

El señor Gutiérrez siempre vestía igual: camisa blanca, pantalón de casimir
negro y un suéter negro o gris oscuro, de cuello en "V", abotonado al
frente y con dos bolsas. Tanto las bolsas del pantalón como las del suéter,
siempre las traía llenas de dulces.

Tenía una característica peculiar: sólo obsequiaba dulces a niñas que
tuvieran entre cuatro y nueve años. A las que estaban fuera de ese rango,
las ignoraba olímpicamente. Y a los niños, ni siquiera se dignaba verlos.
Siempre me pareció que sentía aversión por ellos.

Ya he hablado antes de la tía Gaby, quien hizo oficios de madre conmigo.
Tía Gaby tenía en esa época 63 años. Desde que era una niña de diez años,
mi tía trabajó como nana. El señor Gutiérrez era su "patrón". Mi tía, ya
jubilada de sus oficios de nana, se fue a vivir con mis padres y hermanas,
unos cuantos días antes de que yo naciera. El señor Gutiérrez llegaba a
casa de mi tía cada mes, y permanecía ahí una semana completa.

Este señor, además de obsequiar caramelos a las niñas, las atraía con la
promesa de regalarles toda clase de baratijas. Como su visita era mensual,
les preguntaba: "¿qué quieres que te traiga la próxima vez que venga?" Era
obvio que las niñas se daban vuelo haciendo sus pedidos al señor Gutiérrez.

Le pedían anillos, aretes, pelotas, globos, cazuelitas y jarritos de barro.
Él por iniciativa propia, también nos obsequiaba con prendedores de pésima
calidad, cuerdas para saltar, llaveros, cajas de crayones, libritos para
iluminar y otras cosas que ya no recuerdo. En esa semana que permanecía en
casa de mi tía, un día lo destinaba para ir a la ciudad de Puebla,
regresaba con camotes para todos y cazuelas, salseras, ollitas y platos de
barro para las señoras que vivían en la casa.

Es curioso, pero ahora que recuerdo, mi madre tenía una gran fascinación
por ese señor. Creo que siempre se sintió sexualmente atraída por hombres
mucho mayores que ella. Su marido era quince años mayor y el señor
Gutiérrez era treinta años más viejo que ella. Lo que dijera o hiciera ese
señor, era sagrado para mi madre. Por eso le parecía un crimen que yo
sintiera aversión por él.

La casa era una vecindad donde habitaban siete familias. Existía un
ambiente casi familiar. Las señoras se hablaban en diminutivo. En orden
alfabético sus nombres eran: Chabelita, Chuchita, Elenita, Esthercita,
Marthita, Petrita y Socorrito.

Cuando llegaba el señor Gutiérrez a casa de mi tía se organizaban unas
tertulias únicamente con las señoras. Él las invitaba todas las tardes a
probar una "botanita" y a tomar una "limonada". La limonada consistía en
una mezcla de licor con refresco de limón.

Las aficiones del señor Gutiérrez. Aprovechando la alharaca que armaban las
señoras con sus pláticas y risas, pues al final se ponían tan alegres que
terminaban contando chistes "colorados" que festejaban con estruendosas
carcajadas, este señor me cargaba y me sentaba en sus piernas. Me besaba
en la boca con ese aliento alcohólico que tanto me repugna aún ahora y
llenaba mi cara con su saliva.
Me abrazaba fuertemente contra su cuerpo, al tiempo que su respiración se
hacía muy agitada. Después de cerciorarse de que las señoras seguían muy
entretenidas, metía su mano debajo de mi vestido y empezaba por acariciarme
los muslos, mientras decía: "Ay que bonitas piernitas tiene esta
muchachita"; posteriormente metía sus dedos índice, medio y anular dentro
de mi calzón y estimulaba mi vulva.

Es obvio decir que me irritaba terriblemente ese contacto. Me desagradaba.
Por último, abría bruscamente mis labios mayores y menores e introducía su
dedo medio dentro de mi vagina, haciendo un movimiento circular dentro de ella.

Recuerdo que en varias ocasiones, después de estar en las piernas del señor
Gutiérrez, la comida me producía náuseas, vomitaba y mi temperatura se
elevaba a más de 39° C. Mi madre se sorprendía de esta fiebre, que para
ella no tenía ningún motivo, que aparecía y desaparecía de una manera tan
súbita como inesperada.

Cuando tenía la fiebre tan alta deliraba con monstruos, con aves de rapiña
que desgarraban mis brazos y piernas, con animales ponzoñosos que invadían
mi cama. Veía verdaderos ríos de cucarachas, arañas y alacranes enormes que
caminaban hacia mí, y me sentía paralizada de terror, de manera que no
había la más mínima posibilidad de escapar. Despertaba bañada en sudor y
con taquicardia.

Después de esas ingratas visitas del señor Gutiérrez empecé a presentar
trastornos del sueño, de alimentación y enuresis. Mi madre decía que a
partir de los tres años de edad yo tenía un perfecto control de esfínteres
las veinticuatro horas del día. Y de pronto, entre los cuatro y cinco años,
empecé a mojar la cama nuevamente, casi hasta los nueve.

Ambos progenitores eran tan indiferentes o ignorantes, que lejos de ponerse
a investigar el motivo de tan brusca modificación en mi comportamiento,
tenían un motivo adicional para golpearme todos los días por mojar la cama.

A los siete años y medio se terminó la tortura a la que me sometía el señor
Gutiérrez. Y fue de manera inesperada, pues mi tía tuvo un fuerte disgusto
con mi padre y decidió abandonar la casa familiar.

Se mudó casi enfrente de la escuela a la que asistíamos mis hermanas y yo,
para tener la oportunidad de vernos con frecuencia, pues a la hora que
daban el timbrazo de salida, ella se asomaba a la puerta de la vecindad en
que vivía, para esperarme e invitarme a pasar un rato a su casa.

El señor Gutiérrez siguió visitando a mi tía en su nueva casa. Yo ya no
estaba dispuesta a verlo más. Así que desaparecía de su casa la semana que
llegaba el señor. Cuando tenía nueve años, el señor sufrió un derrame
cerebral que lo dejó hemipléjico y sin poder hablar.

Después de algunos meses, y dos eventos vasculares más, murió cuando ya
había cumplido los diez años. Me sentí a salvo con su muerte. Para
mi madre, fue una verdadera tragedia.

Esta historia estaba aparentemente enterrada y olvidada. Sin embargo, salió
a flote un día que accidentalmente encontré una fotografía en la que
estamos las tres hermanas con el señor Gutiérrez. Él está al centro de la
foto. A su derecha, mi hermana Olivia, a su izquierda, Adelaida. Yo estoy
entre las piernas del señor, y me tiene aferrada con sus manos sobre mis
brazos. Al ver la fotografía, involuntariamente empecé a derramar lágrimas
y a recordar todo lo sucedido con él.

*La autora creció en México con violencia gracias a la Literatura fue
cerrando sus heridas
06/A

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