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publicado en Em Rebeldía
viernes 3 noviembre 2006
Difundido por RIMA - Red Informativa de Mujeres de Argentina
http://www.envio.org.ni/articulo/1149
No son necesarias las @ para incluir a las mujeres. Hay soluciones
más creativas para transformar la lengua. Y cuando transformemos el
lenguaje transformaremos la realidad.
Teresa Meana Suárez
Parece que fue ayer por lo claro que lo recuerdo pero hace casi
treinta años. Sería aproximadamente 1973 y estábamos en una asamblea
en la Facultad de Filosofía, en Oviedo. Había mucha gente y mucho
alboroto y alguien -un hombre, claro- gritó: ¿Esto es una asamblea o
qué cojones es? Otro -un fascista, claro- advirtió: ¡Cuidado con las
palabras, que hay señoritas presentes!
Fue exactamente así y, por supuesto, la advertencia del fascista se
acogió con un cierto regocijo general. Como en aquellos tiempos de
fuerte lucha contra la dictadura de Franco las asambleas tenían
turnos de palabras interminables, pasó un largo rato de
intervenciones diversas. Al fin, se levantó Begoña -una amiga
feminista- y habló: Yo sólo quiero decir una cosa: ¡Cojones! A mí,
feminista desde que puedo recordar, aquello me encantó. Sentí que
Begoña acababa de devolvernos a todas la voz, la existencia. Éramos
de nuevo personas -como ellos- y no "señoritas" y teníamos derecho a
la palabra. A todas las palabras. En la lucha por existir, si
queríamos ser reconocidas y nombradas en "su" mundo, teníamos que
usar "su" lenguaje. Begoña lo acababa de afirmar en voz alta: la
lengua también era nuestra. Cuento esta anécdota para intentar
explicar el apasionante proceso, el camino recorrido en estos más de
veinticinco años de actuación del movimiento feminista en el tema
del sexismo en el lenguaje. Un trayecto en el que supimos que tomar
sólo la parte de la lengua que se nos adjudicaba equivalía a aceptar
el silencio. En el que también aprendimos, como señala Christiane
Olivier, que si utilizamos el lenguaje considerado "universal", que
es el masculino, hablamos contra nosotras mismas.
SILENCIADAS, DESPRECIADAS
En la lucha por esa lengua que nos representara a las mujeres y que
enfrentara el sexismo lingüístico, hemos pasado por diferentes
etapas. Al principio tratamos tan sólo de detectar el sexismo. Nunca
antes lo habíamos notado y en absoluto éramos conscientes de cómo la
lengua nos discriminaba. Empezaron a surgir los estudios y los
trabajos sobre el tema.
Concretamos el sexismo en dos efectos fundamentales: el silencio y
el desprecio. Por un lado, el ocultamiento de las mujeres, nuestro
silencio, nuestra no existencia. Estábamos escondidas tras los
falsos genéricos: ese masculino que, habíamos aprendido en la
escuela, "abarca los dos géneros". Y también estábamos ocultas tras
el salto semántico. Debemos a Álvaro García Meseguer la definición
de ese error lingüístico debido al sexismo: ése expresado en aquello
de todo el pueblo bajó hacia el río a recibirlos, quedándose en la
aldea sólo las mujeres y los niños. Así pues, ¿quién bajó, sólo los
varones?
Por otro lado estaba el desprecio, el odio hacia las mujeres. Se
manifestaba en los duales aparentes (zorro/zorra,
gobernante/gobernanta, verdulero/verdulera, frío/fría, etc.), en los
vacíos léxicos (víbora, arpía, etc. O caballerosidad, mujeriego,
etc.), en los adjetivos, los adverbios, los refranes y frases
hechas, etcétera., etc., etc.
SURGEN MIL Y UNA SOLUCIONES
Después de detectar el sexismo en el lenguaje, empezaron a aparecer
diferentes recomendaciones para un uso no sexista de la lengua.
Desde mediados de los 80 el feminismo avanza en estrategias para
combatir tanto el silenciamiento como el desprecio, y se van
perfeccionando las soluciones y redactando instrucciones nuevas.
Hacia 1994 aparece en España el libro Nombra, elaborado por la
Comisión Asesora sobre el Lenguaje del Instituto de la Mujer,
verdaderamente clarificador y útil.
Las posibilidades que nos plantea son realmente variadas, creativas
y diversas. Frente a los difíciles y continuos dobletes (con o/a, o
(a), o-a) nos ofrecen: la utilización de genéricos reales (víctimas,
personas, gente, vecindario y no vecinos, pueblo valenciano y no
valencianos. También, el recurso a los abstractos (la redacción y no
los redactores, la legislación y no los legisladores). También
cambios en las formas personales de los verbos o los pronombres (en
lugar de En la Prehistoria el hombre vivía... podemos decir los
seres humanos, las personas, la gente, las mujeres y los hombres y
también En la Prehistoria se vivía... o En la Prehistoria
vivíamos...).
Otras veces podemos sustituir el supuesto genérico hombre u hombres
por los pronombres nos, nuestro, nuestra, nuestros o nuestras (Es
bueno para el bienestar del hombre... sustituido por Es bueno para
nuestro bienestar...) Otras veces podemos cambiar el verbo de la
tercera a la segunda persona del singular o a la primera del plural
sin mencionar el sujeto, o poner el verbo en tercera persona
singular precedida por el pronombre se (Se recomienda a los usuarios
que utilicen correctamente la tarjeta... sustituido por Recomendamos
que utilice su tarjeta correctamente... o Se recomienda un uso
correcto de la tarjeta). Están también los cambios del pronombre
impersonal (Cuando uno se levanta quedaría Cuando alguien se levanta
o Al levantarnos y también cambiaríamos El que tenga pasaporte o
Aquellos que quieran... por Quien tenga pasaporte... o Quienes
quieran...).
También tenemos recomendaciones para corregir el uso androcéntrico
del lenguaje y evitar que se nos nombre a las mujeres como
dependientes, complementos, subalternas o propiedades de los hombres
(Los nómadas se trasladaban con sus enseres, ganado y mujeres, Se
organizaban actividades culturales para las esposas de los
congresistas. A las mujeres les concedieron el voto después de la
Primera Guerra Mundial), ofreciéndonos múltiples y variadas
soluciones. Y así más, mucho más.
LA LENGUA NO ES NEUTRAL
Entretanto, ya existían dos posturas distintas en el movimiento
feminista en torno a estas cuestiones. El planteamiento de quienes
opinan que las mujeres debemos apropiarnos del genérico y hacerles a
los varones un específico. Por ejemplo: en un centro de enseñanza
seríamos -mujeres y hombres- profesores, y si nos referimos a Juan,
diríamos profesor varón y de Ana podríamos decir ella es el mejor
profesor del instituto. El otro planteamiento es el de las que
pensamos que el genérico no es universal. Siguiendo con el ejemplo
anterior: ellos y nosotras seríamos el profesorado o las profesoras
y profesores.
La primera postura se expresa así: Lo genérico, lo neutro, lo
universal es patrimonio de todos. Se debe denunciar la falsa
universalidad, pero también se ha de reivindicar la participación de
las mujeres en lo universal. Nosotras pensamos que no es cierto que
lo genérico sea patrimonio común. Los vocablos en masculino no son
universales por englobar a las mujeres. Es un hecho que nos
excluyen. Se dice que son universales porque lo masculino se ha
erigido a lo largo de la historia en la medida de lo humano. Así se
confunden los genéricos con los masculinos. Como dice Fanny Rubio:
La lengua será neutra pero no es neutral.
QUEREMOS NOMBRAR LA DIFERENCIA
Además, pensamos así porque queremos nombrar el femenino, nombrar la
diferencia. Decir niños y niñas o madres y padres no es una
repetición, no es duplicar el lenguaje. Duplicar es hacer una copia
igual a otra y éste no es el caso. La diferencia sexual está ya
dada, no es la lengua quien la crea. Lo que debe hacer el lenguaje
es nombrarla, simplemente nombrarla puesto que existe. No nombrar
esta diferencia es no respetar el derecho a la existencia y a la
representación de esa existencia en el lenguaje.
García Meseguer dice que de una manera simplista las dos posturas se
podrían resumir en torno a las recomendaciones de Nombra y a los
inconvenientes que trae el seguirlas. A una corriente -en ella me
incluyo- nos importarían más las mujeres que el lenguaje, y a la
otra corriente le importaría más el lenguaje que las mujeres. Sin
embargo, a todos los esfuerzos debemos increíbles avances. Les
debemos las coincidencias y acuerdos en torno a la detección del
sexismo y al lugar de las mujeres en el lenguaje, nuestra
invisibilidad en los genéricos, la denuncia a los varones acaparando
los conceptos de humanidad y de universalidad, la crítica a la
invasión del pensamiento androcéntrico y de la cultura patriarcal
como referentes y tantos descubrimientos más. Y a todos los
esfuerzos debemos extensos análisis de diccionarios, medios de
comunicación, textos literarios, lenguaje coloquial y tesis,
tesinas, artículos, libros, conferencias, mesas redondas,
apasionantes y apasionadas charlas sobre este problema, tanto en la
lengua castellana como en otras lenguas.
MUJERES ESCRITORAS: HEROÍNAS MEMORABLES Y OCULTADAS
Más sancionando que el hablar, el escribir para las mujeres ha sido
visto como la usurpación de un derecho que no les pertenece y además
como una práctica inútil, como lo que no les corresponde. Dice
Virginia Woolf: Creo que pasará aún mucho tiempo antes de que una
mujer pueda sentarse a escribir un libro sin que surja un fantasma
que debe ser asesinado, sin que aparezca la peña contra la que
estrellarse.
Del libro de Yadira Calvo A la mujer por la palabra, me permito
entresacar algunas historias. La de Fanny Burney quemando todos sus
originales y poniéndose a hacer labor de punto como penitencia por
escribir. La de Charlotte Brönte poniendo a un lado el manuscrito de
Jane Eyre para pelar papas. La de Jane Austen escondiendo los
papeles cada vez que entraba alguien por la vergüenza de que la
vieran escribir. La de Katherine Anne Porter declarando haber
tardado veinte años en escribir una novela. Fui interrumpida por
cualquiera que en un momento dado apareció en mi camino. Porter
calculaba que sólo había podido emplear un diez por ciento de sus
energías en escribir. El otro noventa por ciento lo he usado para
poder mantener mi cabeza fuera del agua, decía.
Recuerdo esa foto de María Moliner remendando calcetines con un
huevo de madera, mientras ésa su ingente obra, Diccionario del uso
del castellano iba naciendo entre ollas y coladas. Leo las quejas de
una Katherine Mansfield reprochándole a su marido: Estoy escribiendo
pero tú gritas: Son las cinco, ¿dónde está mi té? O el dulce lamento
de una cubana del siglo pasado que no firmó sus obras: ¡Cuántas
veces lentamente/ con plácida inspiración/ formé una octava en mi
mente/ y mi aguja inteligente/remendaba un pantalón! Por eso dijo
Virginia Woolf a propósito de la duquesa de Newcastle: Sabía
escribir en su juventud. Pero sus hadas, caso de que sobrevivieran,
se transformaron en hipopótamos.
Otro hecho gravísimo: la atribución de las obras de las mujeres a
otros, y en especial a sus maridos. Debe haber sido un fenómeno muy
frecuente pues tenemos bastantes referencias. Desde el artículo
publicado en 1866 por Rosalía de Castro Las literatas: carta a
Eduarda, en el que la autora advierte de ello, hasta estas palabras
de Adela Zamudio, escritora boliviana del siglo XX: Si alguno versos
escribe /de alguno esos versos son,/ que ella sólo los suscribe./
(Permitidme que me asombre.)/ Si es alguno no es poeta,/ ¿Por qué
tal suposición?/ ¡Porque es hombre!
Están también los hechos históricamente comprobados: el célebre caso
de María Lejarraga, autora de las obras firmadas por su marido
Gregorio Martínez Sierra. Y el hecho de que a Zelda Fitzgerald
también fue su marido quien le prohibió publicar su Diario porqué él
lo necesitaba para su propio trabajo. Y el que las primeras obras de
Colette aparecieran firmadas con el nombre de su marido, quien
incluso cobró el dinero de su venta. Alguien me dirá que voy muy
atrás y que la humanidad ha cambiado en los últimos veinte siglos.
Pues bien, en el año 2000 y en España sólo un diez por ciento de los
libros publicados están escritos por mujeres.
CAMBIAR LA LENGUA CAMBIARÁ LA REALIDAD
No obstante, hay algunas capaces de trepar la cuesta de lo
prohibido, de robarle a la vida ese diez por ciento de energía
necesario para mantener la cabeza fuera del agua. Y la mantienen. Y
escriben. Y se lo editan. Y aquí seguimos todas las demás. Luchando
y celebrando los nuevos éxitos, Extendiendo la red para que todas
las mujeres de la tierra tengan derecho a la voz, a la palabra.
Sabiendo que vemos el mundo a través del cañamazo formado por la
lengua y motivadas por la certeza de que el lenguaje sexista, el que
hemos aprendido, contribuye a la perpetuación del patriarcado.
Sabiendo también que cuando tengamos una lengua que nos represente
cambiará la realidad. Por eso seguimos adelante. Y no dormimos más a
las niñas con cuentos de hadas. Les decimos que las niñas buenas van
al cielo y las malas van a todas partes. Y que colorín colorado,
esta historia no ha acabado.
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*Si utiliza la información que se brinda en esta lista, por favor, cite la/s fuente/s. Gracias.*
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