Pagina/12, Buenos Aires, 26/10/2006

Por Juan Gelman
La campaña mediático-política que precedió a la
intervención militar en Afganistán, promovida por
EE.UU. y sus aliados de la OTAN, se basó en un hecho
cierto: el sometimiento que la mujer afgana padecía
bajo el régimen talibán. Fotos y más fotos de mujeres
con velo y denuncias ad hoc abundaron en la prensa
occidental y Washington prometía llevar la libertad,
la democracia y el respeto a los derechos de la mujer
a un país que sufría esas carencias, entre otras. Nada
ha cambiado en cinco años de ocupación. El presidente
Hamid Karzai, siempre envuelto en togas elegantes,
siempre recibido con calor en la Casa Blanca, acaba de
restablecer el Departamento de Promoción de la Virtud
y Prevención del Vicio que fue bajo los talibanes el
actor de toda clase de atropellos, en particular
contra las mujeres del país. W. Bush persigue al
fundamentalismo islámico que le es hostil, pero apoya
al que le resulta amigo.
El Fondo de las Naciones Unidas para la Mujer (Unifem,
por sus siglas en inglés) realizó una encuesta
reveladora: el 65 por ciento de las miles de viudas
que viven en Kabul considera que el suicidio es el
único camino que les queda para salir de sus miserias.
En efecto, se han suicidado centenares en el lustro
que dura la ocupación y no faltan las razones. Al
rigor de la ley islámica se suma la falta de
hospitales: la tasa de mortalidad materna se eleva de
1600 a 1900 mujeres de cada 100.000 parturientas, la
más alta del planeta. La mayoría sigue sufriendo
violencias mentales y sexuales dentro y fuera del
hogar. El informe del Unifem registra que el promedio
de vida de la mujer afgana es 20 años menor que en
otras partes del mundo, pero ahora no proliferan sus
fotos en los periódicos occidentales: Karzai es un
camarada en la lucha contra el terrorismo. Lástima que
su gabinete esté formado por señores de la guerra y ex
jefes talibanes igualmente terroristas.
Afganistán "democrático" se ha convertido en un
narco-Estado, produce el 92 por ciento del opio que se
consume a escala mundial y el señor de la guerra y
general Mohammed Daoud, conocido narcotraficante,
casualmente ocupa el cargo de viceministro del
Interior encargado del combate al narcotráfico. No hay
noticias de los resultados que obtiene en esa lucha
porque no hay resultados. Los narcos continúan sus
negocios en paz y hasta financian operaciones de la
CIA. Las elecciones parlamentarias del 18 de
septiembre del 2005 fueron acuñadas por el fraude, la
corrupción y la violencia a punta de pistola, y
señores de la guerra y otros integristas ocupan los
escaños del nuevo Parlamento, el primero "elegido" en
las urnas en 33 años. Para W. Bush, fueron "un paso
importante en el desarrollo de Afganistán como Estado
democrático gobernado por el imperio del derecho"
(usainfo.state.gov., 18-9-05). Qué tal.
Lo que impera en Afganistán no es el derecho, sino la
violencia directa y la indirecta. Pese a la presencia
de más de 6000 efectivos de la fuerza de paz de la ONU
estacionados en Kabul y otras ciudades, la plena luz
del día presencia secuestros de extranjeros y miembros
de las ONG. Según las Naciones Unidas, 700 niños y
mujeres mayores mueren cada día por la falta de
servicios de la salud, de comida, de electricidad, de
agua. Pero Karzai acaba de nombrar a 13 ex comandantes
de señores de la guerra vinculados con el narcotráfico
en altos cargos de la policía. Su flor preferida es la
amapola.
Léase esta realidad de un día cualquiera en el país
ocupado que narra Zoya, miembro de la Asociación
Revolucionaria de Mujeres de Afganistán (RAWA, por sus
siglas en inglés) que se fundó en 1979, poco después
de la entrada de tropas soviéticas, para defender los
derechos básicos de la mujer: "Hombres armados de la
'Alianza del Norte' (frente de grupos fundamentalistas
que apoya a Karzai) violaron a Fátima, adolescente de
14 años, y a su madre, a Rahima de 11 años y a su
abuela de 60. Amina, de 30 años, fue apedreada hasta
morir; la pequeña Saima, de 9 años, fue torturada y
sacrificada por su padre violento; Gulbart murió
quemada por un marido brutal porque se negaba a volver
con él; la famosa poeta Nadia Anjuman fue también
víctima de la violencia de su esposo porque él y otros
cuentan con el apoyo de los misóginos señores de la
guerra de la 'Alianza del Norte'. El esposo de Anjuman
sabe que no será juzgado por su crimen" (www.zmag.org,
11-10-06).

La guerra en Afganistán había desaparecido de los
medios tapada por la de Irak, la invasión israelí del
Líbano, las amenazas de atacar a Irán reiteradas por
la Casa Blanca, el ensayo nuclear de Corea del Norte.
Ha regresado ahora porque, como bien señala Human
Rights Watch, "los talibanes y otros grupos de
oposición han ganado apoyo popular en razón de que el
gobierno afgano fracasó en proporcionar seguridad y
desarrollo, y han usado la presencia en éste de
señores de la guerra para desacreditar al presidente
Karzai y a sus aliados internacionales" (www.hrw.org,
27-9-06). Los bolsillos de esos señores engordaron con
una muy buena parte de los 12.000 millones de dólares
de ayuda internacional destinados a la reconstrucción
del país. Qué importa eso a la Casa Blanca: Afganistán
forma parte de su proyecto imperial. Y basta leer el
relato de Zoya para conocer la naturaleza de la
libertad y la democracia que W. Bush llevó al
castigado país.

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