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Publicado en Página/12
Fecha: viernes 13 octubre 2006
Difundido por RIMA - Red Informativa de Mujeres de Argentina
Por Sandra Russo
Yo había sido un ángel tan pero tan gordo, que se cayó de la nube en
la que estaba y fue a dar con sus alas rotas (hubo que podarlas)
justo encima de la cama de mis padres. Esa fue la explicación que
durante mi primera infancia intentó satisfacer mi curiosidad acerca
de cómo venían los niños al mundo. Una pura cuestión de obesidad
angelical.
Después siguieron las confusiones. Cuando estaba en tercero o cuarto
grado, Alex, que todavía hoy es mi amigo, me acompañaba todos los
días a mi casa, caminando esas siete cuadras, y un día me dio un
beso. Durante cierto tiempo estuve en vilo, ya que después del beso
Alex me confesó que a raíz de su arrebato yo podía haber quedado
embarazada.
Ese incidente fue tremendo, porque yo ya tenía una idea de mí
bastante inquietante. Me tocaba, es más: un día me descubrieron con
algo entre las piernas y no era cualquier cosa (ahora que lo pienso
tengo que informárselo a mi actual analista): era con el Lo sé todo,
que tenía un lomo importante. Me llevaron al médico, porque mis
padres consideraron que esa conducta no era normal y aunque yo no
había escuchado jamás hablar de masturbación y, en consecuencia, no
tenía la menor idea de que me masturbaba, el solo hecho de que me
hubieran llevado al médico, igual que cuando tenía fiebre o dolor de
panza, me indicaba que aquellas cosquillas eran igualmente insanas.
En séptimo grado vinieron las señoritas de Johnson & Johnson a dar
la argentinísima charla de educación sexual, a niñas y niños por
separado, y que consistió en mostrarnos un dibujo de las trompas de
Falopio y en recomendarnos que fuéramos lo más higiénicas posible
cuando nos llegara la menstruación. A mí me había llegado un año y
medio antes y, como nadie me había explicado nada, primero me asusté
y después me enchastré, lloré, me acomplejé, en fin, aprendí que
aquello era un secreto que no podía compartir con nadie.
Hacia el final de la secundaria todavía nadie tenía relaciones
sexuales, sólo explosivas y prolongadas franelas que una no sabía
exactamente cómo frenar. Pero era una, es decir la chica, la que
debía ponerles fin, como si nos gustara menos, como si no lo
disfrutáramos, como sacándonos de encima al chico que
pretendía "eso" de nosotras. Era común en mi grupo que los chicos
tuvieran novia y al mismo tiempo relaciones sexuales con una "puta",
que en general no era puta rentada sino chica ligera, de la que se
proveían merodeando otros grupos y a la que descalificaban
inmundamente, a la que despreciaban porque "lo hacía".
Bien: y resulta que después había que ser multiorgásmica y tener
punto G. ¿Cómo? Remontando ese barrilete de plomo que nos habían
metido en la cabeza.
No es que no hayamos recibido educación sexual, qué va. Siempre hubo
educación sexual. La nuestra se basó, naturalmente, en hacernos
temerle al sexo, en inculcarnos la represión como la forma digna de
sobrellevar esos bajos instintos.
Nos educaron para que no gocemos. Fuimos gente joven artificialmente
alterada para vivir su sexualidad inconfortablemente. Hoy tengo una
hija de catorce años, y deseo para ella exactamente todo lo
contrario.
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Estimada Beatriz:
Tu post describe fielmente la "educación" sexual que, incluso hoy día, reciben los niños en España. Por desgracia los prejucios respecto al sexo, instaurados por una religiosidad machista y curiosamente conveniente para el hombre, se arraigan con facilidad en las personas siendo muy complicada la tarea de lidiar con ellos y evitar el sufrimiento que producen. Tiempo al tiempo, tarde o temprano las cosas cambiarán. No lo vermos nosotros ni nuestros hijos, ni siquiera nuestros nietos, pero esa estrategia de dominación forjada a lo largo de los siglos desaparecerá si, como pequeños engranajes vamos luchando contra ello desde las familias, instituciones educativas y legislativas e individualmente con nuestra mera actitud. Una larga carrera de fondo nos espera.
Un cordial saludo.
Juan Urrutia