Francesca Gargallo
Lo voy a decir de la manera más sencilla: no existe una literatura femenina, aunque sí tiene fuerza y consistencia una literatura escrita por las mujeres. Con ello quiero recordar que lo femenino pertenece al ámbito del discurso ordenador de la adscripción de género, mientras las mujeres somos seres humanos históricos y como tales podemos reformular el lugar subordinado que la sociedad nos impone.
La literatura es uno de los espacios donde el deseo se expresa con más fuerza. Más aún la literatura es deseo de expresión. De ahí que libere la capacidad de síntesis, juego, necesidad de afirmar y trascender la condición humana particular de una mujer que al soltar un mundo de palabras, trastoca todo discurso sobre el deber ser, desordena la sociedad y desmiente la adscripción genérica. La literatura escrita por mujeres es un hecho, un fenómeno cuyo origen estriba en la necesidad de vivir el propio deseo, volviendo con ello comprensible una experiencia histórica -y una síntesis fantástica de la misma- que transmite un propio saber emotivo y racional.
La misma existencia de una literatura de las mujeres implica que la así llamada literatura femenina no es sino un truco publicitario de la cultura de la dominación patriarcal y de sus leyes de mercado. En las últimas dos décadas del siglo XX, por ejemplo, hubo un verdadero estallido de la literatura de la sensiblería amorosa, de las resistencias suaves a las imposiciones parentales, del sufrimiento trastocado en gloria, de la cocina como espacio de transmisión preferente. En América Latina sus autoras fueron mujeres blancas de los sectores medio y alto, lo cual respondía a una voluntad explícita de mercado: las compradoras de libros -que no las lectoras críticas- debían identificarse con heroínas que perpetuaban el racismo mediante una invariable condición de clase y de género, y que les eran propuestas como personajes literarios por escogidas triunfadoras blancas, ricas y femeninas. No olvidemos que lo genérico es fácil de digerir, y por lo tanto sumamente exitoso,
porque no trastoca el status quo. Lo genérico es antirrevolucionario, censor, inmóvil y sirve para que el sistema se perpetúe. A la vez, el sistema de género propone al hombre como modelo único de la humanidad, no permitiendo realmente a las mujeres expresar sus diferencias con él y entre sí, porque las obliga a sometérsele, bien sea desgastándose para imitarlo o venerándolo como inalcanzable.
Creer que hay una sola expresión propia de las mujeres, necesariamente determinada por el discurso que ordena el deber ser, sentir y crear una mujer, eso es una expresión femenina, implica un determinismo discursivo que es ajeno a la historia de la literatura. Lo femenino es lo asignado, lo inmóvil, y remite a una esencia ahistórica -y por lo tanto no experiencial sino impositiva- de lo que las mujeres supuestamente sienten, con el fin de poderlo reproducir sin modificaciones, una y otra vez.
Ahora bien, la literatura es precisamente el lugar de los cambios y de lo que enfrenta las censuras. Ana Ajmatova hizo del amor un sentimiento cósmico de rebelión a la nulificación del ser humano por el aparato del estado, de la misma manera como cinco siglos antes Cristina de Pisan reivindicó el derecho de vivir por la pluma, gozando una vida política de las mujeres contrapuesta al mundo de la guerra de los hombres. ¿Qué semejanza hay entre sus formas de escritura? Ninguna, exactamente como no la hay entre la rebelión alcoholizada al moralismo protestante de Edgar Allan Poe y la propuesta civilizatoria india del Inca Garcilaso. No obstante, los cuatro escribieron desde su lugar en el mundo, marcado por el sexo, la raza, la clase y las emociones, logrando obras que llamamos universales precisamente porque trascienden sus marcas.
La literatura es siempre sexuada. Al ser expresión del deseo refiere todos los deseos. Para ello es muy importante recordar que sexo no es sinónimo de género, aunque el género se construye sobre una clasificación que reduce los sexos a dos: el de los genitales masculinos y el de los genitales femeninos. La sociedad, no la naturaleza, desconoce la existencia de la intersexualidad. En realidad, la dominación de lo natural por parte de la cultura que impone su discurso es una manifestación del horror-pavor de le tiene: sacerdotes y legisladores la temen porque les desordena con su impredecibilidad el sistema de dominación que una y otra vez intentan demostrar como inmutable, por lo tanto la clasifican para embridarla.
No hay una naturaleza femenina, sino tantas naturalezas como mujeres (y como hombres, hermafroditas, infantes, transexuales). Pero cada cultura construye un deber ser propio sólo de las mujeres y los hombres, lo femenino y lo masculino, con sus valores, sus actitudes, sus economías predeterminadas desde el lugar de emisión, que se imponen y reproducen mediante feroces aplicaciones de la censura y la coerción.
La literatura tiene la ambigua función de reproducir la cultura y transformarla, de ser un instrumento de poder y de contrapoder, hasta lograr miradas, reflexiones, fugas que atraviesan los tiempos, a veces imponiendo sentimientos como el amor, propuesto en occidente por la poesía cortesana de Marie de France y sus coetáneos, en otras ocasiones socavándolos.
Lo que no es literatura es la repetición de algo ya dicho. Lo que pasa por una narración es transformado por ella y la poesía inventa una vez tras otra cómo conocer la realidad: la épica se lanza a la exaltación de la acción, la tragedia se rebela frente al destino que somete, la ficción inventa mundos que no han sido experimentados, la utopía es porque no es.
La literatura es a la filosofía lo que una madre anarquista a su hija liberal: la ama pero no puede dejar de sentirse traicionada por ella, porque su hija quiere organizar en un discurso lo que ella transmite transformando. No obstante, esta no es sino una metáfora porque la literatura no es una madre sino muchas, es todas las voces que la hacen, polifonía absoluta, mitización constante, repetición creadora.
Hay mujeres que desde siempre hacen literatura porque la acción de cantar y narrar nos pertenece a cada ser humano desde nuestra específica condición humana. No hay humanidad sin mujeres, el mundo de los hombres dominantes es un circunscrito espacio que no representa al ser humano, es la prisioncita ordenada por un discurso pseudocientífico que mide lo que sirve y lo que no sirve para comprobar una verdad predeterminada.
Escribir para una mujer es la experiencia de un sujeto creador que se hace conciente de sí en relación con otras mujeres, en un mundo mixto, cambiante y fenoménico. Toda escritora refiere su proceso de liberación creativa, estallando las múltiples censuras del deber ser. Escribir es una experiencia estética, no ético-moral, aunque no renuncia a la posibilidad de alcanzar a través de ella una guía para la buena vida; se relaciona con el cuerpo no con las reglas que le imponen una sexualidad; se hace en la historia no responde a ninguna esencia. Cada una de nosotras al usar las palabras para reinventar el mundo a partir de sus experiencias, su voluntad, su cuerpo y su fantasía usa la literatura, la transforma, perpetúa y trastoca.
15 de octubre de 2006, V Feria Internacional del Libro de la Ciudad de México
mariana pessah
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Plenamente y felizmente de acuerdo. La literatura femenina es un canon, como cualquiera que se realice a partir de determinados criterios, raza, ubicación geográfica, situación económica, etc. Estas etiquetas nos sólo eso etiquetas.
Un abrazo.