''Muchos piensan que el arte es para decorar''
Por Maria Sol Wasylyk Fedyszak | 22.9.2006
María Giuffra dibuja desde que tiene memoria como una necesidad, como una urgencia. Su padre desapareció durante la última dictadura militar y esa historia marcó su pasado como ahora marca sus obras. Sus trabajos reflejan su vida y la de otros hijos de desaparecidos. Su obra ganó el subsidio a la creación artística de la Fundación Antorchas y la Beca Nacional con especialidad en Medios Audiovisuales del Fondo Nacional de las Artes. Recientemente presentó más de veinte obras que integran la muestra de "Los hijos del Proceso" en el Congreso Nacional y en el Centro Cultural Plaza Defensa de Buenos Aires.
Maria es pequeña, diminuta. Su pelo oscuro remarca los bordes de su cara. Su cuerpo adquiere inmensidad cuando sus gestos acompañan las palabras. Ella dibuja, pinta, y cuando lo hace habla de sí misma, de su historia, la misma que atravesó a cientos de hijos de quienes ya no están, pero están. Maria Giuffra nació en 1976 y desde que tiene memoria dibuja, como una necesidad, como una urgencia.
Maria dibujante. Maria artista. Maria mujer. Maria hija. Cuando pinta, el silencio la circunda. Entonces queda inmersa en un mundo con leyes propias en medio de acuarelas, crayones, lápices, telas, luz propia. Su historia le marca el rumbo y su pasado la impulsa a crear. Y no se detiene.
Recientemente, su obra Los niños del Proceso se expuso en el Centro Cultural Plaza Defensa, de la ciudad de Buenos Aires. La muestra, que consta de más de 20 obras (10 en tela y 12 dibujos en técnicas mixtas), aborda la infancia de los hijos de desaparecidos por la última dictadura militar en Argentina (1976-1983). Algunos de esos trabajos llevan inscriptas frases como “La zurdita de mierda”, “El Niño extremista”, “Los elementos subversivos”, retomadas de discursos militares y recuerdos que Maria lleva en su memoria. Verlos remite a numerosos discursos vigentes.
“Mi mamá me cuenta que yo dibujaba desde que era muy chica. Siempre se impresionó con eso. Tengo todavía un montón de cuadernos dibujados que ella me guardaba. Me podía quedar horas dibujando de todo, tenía una obsesión con las parejitas de animales y personas. Mi vieja me dice que, evidentemente, se daba cuenta de que a mí me interesaba eso más que cualquier otra cosa”, relata Maria.
Cuando su papá desapareció en febrero de 1977, Maria, de tan sólo de seis meses, fue llevada por su madre a Brasil y pasó allí algunos años: “Mi mamá me llevaba a reuniones de sus amigos que hoy cuentan que, mientras ellos se quedaban hablando por horas, yo me quedaba en el rincón con un lápiz en la mano. Me acuerdo un poco de eso, de esa sensación de estar sobre una mesita roja dibujando”. Después de ocho años de exilio, regresó a Buenos Aires. “Cuando me vine a vivir acá, mi vieja le preguntó a una amiga qué podía hacer conmigo además de mandarme a la primaria. Mi papá dibujaba mucho, mi abuelo también, él es escultor y pintor, igual que otros dos Giuffra más. Entonces mi vieja pensó que yo había heredado eso de mi papá. La amiga le dijo que me mandara la Escuela de Educación Estética de Ramos Mejía, una escuelita municipal. A la primaria fui de tarde, y a la mañana a esa escuelita donde hacía escultura, pintura, expresión corporal, música, de todo. Eso fue como lo que me rescató, porque venía de Brasil y la gente me miraba extrañada porque hablaba con mucho acento portugués y era como el bicho raro, y eso me hizo sentir mal. Pero en la Escuela de Educación Estética no pasaba eso: era más libre, éramos todos amigos, era hermoso”.
Cuando Maria terminó la primaria, comenzó en una escuela técnica con orientación artística llamada Fernando Fader, en el barrio porteño de Flores. “El secundario fue muy heavy”. En aquella escuela “me decían la comunista”. De esos recuerdos Maria retomó algunas frases que hoy inscribe en sus trabajos. “El último año del secundario me metí en HIJOS (la asociación que aúna a hijos de “desparecidos” durante la dictadura) y fue lo segundo que me rescató, porque venía mal. Ahí éramos todos iguales, era la primera vez que yo veía tantos hijos juntos”.
--¿HIJOS fue su primer espacio de militancia?
-- Antes había estado en una agrupación que hicimos entre unos cuantos amigos que se llamaba “Hijos y Nietos”. Éramos cinco o seis, muy chicos. Fue antes de entrar al secundario. La agrupación duró poco tiempo. Después me encontré con HIJOS. Cuando entré eran 15 personas, pero al año fuimos como 100.
--¿Siguió estudiando después?
--Cuando salí de la secundaria hice el examen de ingreso a la escuela Pridiliano Pueyrredón, la Escuela Nacional de Bellas Artes y, por si no entraba allí, también me anoté en la UBA, en la carrera de Filosofía, que me encantaba. Luego entré en la escuela de Bellas Artes, aunque ya había hecho el CBC de la UBA. En la Pueyrredón hice la carrera de Dibujo y Filosofía; estudié hasta que terminé. Pero en ese momento sólo quería pintar. Allí tuve un profesor que me decía que debía dedicarme a otra cosa, que lo que yo hacía era ilustración. Me lo decía de forma despectiva. Soy ilustradora y está buenísimo. Además, me enganchaba mucho con la historieta, porque era lo que desde muy chica me compraba mi mamá en Brasil; y me encantaba, fue como mi primer contacto con el arte.
--¿Qué pasó cuando terminó la escuela Pueyrredón?
--Cuando terminé estuve cerca de dos años literalmente encerrada en un taller, sin contacto casi con nadie. Me veía con dos amigos y ahí fue cuando pinté un montón, siempre para adentro. Después, con mi pareja viajé a Belice porque su madre trabajaba allá. El Caribe, negros, el reggae, me encantó. Ahí me enganché un montón con la gente, con la música, con la cultura. La gente iba caminando por la calle y parecía que iba bailando, o iban hablando y parecía que iban cantando. Luego volví a Buenos Aires, estuve un año pintando y volví a Belice con un rollo de telas. Ahí fui a ver a un hombre que estaba a cargo de una galería a quien había conocido en el viaje anterior y le dije que me quedaba un mes. Enseguida me dio fecha y expuse mis obras durante una semana. Fue mi primera exposición, se llamaba “Instantáneas de Belice”. Eran las imágenes que habían quedado en mi cabeza de ese país, animales, plantas y personas. En la muestra estaba con mi novio, su familia y nadie más. Y gente de Belice que había ido de buena onda. Vendí un cuadro grandote, y otro más a una chica inglesa que vivía ahí. Después, volví y en Buenos Aires comencé a exponer trabajos que había hecho cuando terminé la Pueyrredón. Pero dibujaba y pintaba cosas de mis amigos que eran casi todos de HIJOS. En un momento estuve muy mal económicamente y lo único que quería hacer era pintar, no quería dar clases y pensé “bueno, me presento a una beca”. Averigüé por las de la Fundación Antorchas. La gente me decía: “Maria presentate, pero vas a tener que hacerlo unas cuantas veces”. A un amigo pintor que se llama Sergio Lamana le comenté que me quería presentar a esa beca pero no sabía con qué proyecto. Y él me decía: “Maria, está a la vista lo que vos hacés y lo que tenés que presentar. Vos pintas sobre vos”. Ese día dijo que me sentara en el living, que me rodeara de mis cuadros y que escribiera el proyecto. Faltaba sólo una semana para presentarme. En un día lo escribí y ahí me di cuenta de que lo que estaba haciendo era mi historia y la de otros hijos. La escribí. Le pedí una carta de recomendación al artista León Ferrari y otra a Yuyo Noé, y me presenté. Al mes, en el diario La Nación iban a aparecer los resultados. Después de que me presenté me había enterado de que la beca era muy grossa, en ella se presentaba un montón de gente. Y cuando vi mi nombre en esas páginas no lo podía creer. Creo que fue el día más feliz de mi vida porque estaba muy sola y nadie creía en mí. Todos me decían que tenía que salir a laburar, que cortara con mi mambo de la pintura, que no iba a llegar a ningún lado. Yo les decía que ese era mi laburo. Entonces cuando gané la beca nadie lo podía creer. De ahí estuve un año encerrada pintando, como corresponde (se ríe), pero con un sueldo, y era genial.
En 2003, Maria ganó el subsidio a la creación artística para pintura de la Fundación Antorchas y la Beca Nacional a la Creación Artística con especialidad en Medios Audiovisuales del Fondo Nacional de las Artes. Además trabajó como ilustradora para libros, revistas, CDs y también efectuó animaciones. Sus trabajos se expusieron en la antigua Mansión Seré, un ex centro clandestino de detención y en el Congreso Nacional.
-- Usted, alguna vez dijo que: “Hay un arte del circuito y otras manifestaciones que son marginales. Mi trabajo está en este grupo de arte marginal, al margen del sistema aceptado, no sólo artístico, sino social”. ¿Cómo es trabajar en ese circuito?
--El circuito del arte un poco se maneja por los artistas ya conocidos. Un día llamé a una galería, me presenté y me preguntaron: “¿De parte de quién hablás?”. Siempre es “de parte de quién”, no importa tu obra. Después de eso fui, mostré mis cosas y la galerista luego vino casa y dijo que le interesaba lo que hacía. Me comentó (señalando “Los niños del proceso”) que era muy oscura, muy recargada, que el tema era muy fuerte y que la gente no quería sangre en su living ni nada que lo perturbe, que quería algo decorativo. Muchos piensan que el arte es para decorar y que tiene que hacer juego con sus sillones y marginan el resto de las cosas.
--¿Cómo se genera ese tiempo en el que usted se poné a crear?
--El otro día una amiga me decía: “Viste que nosotras pintamos, y lo que hacemos tiene que ver mucho con nuestro interior y no nos inspiramos en algo de afuera; lo que hacemos lo sacamos de adentro nuestro”. Ella me decía eso y a mi me parecía genial. Es algo casi físico. Cuando empecé con los delincuentes subversivos (dibujos con frases como “niño delincuente” o “familia subversiva”), dibujaba en un cuadernito rápido y anotaba las frases para diagramar la idea, para no olvidar. Me pasa mucho cuando voy por la calle y escucho o veo algo y me cierra. Es un proceso bastante lento. No es que me siento con la hoja en blanco y digo: bueno, a ver qué dibujo. Cuando me siento con la hoja en blanco es porque ya hay un montón de cosas en mente. Es algo que es mío, es como que me lo pide. Es, en algún punto, un vómito. Un montón de veces sale un boceto de repente, entonces agarro un cuadro y empiezo a chorrear la tela. Es muy íntimo el momento. Es estar solo. Necesitas abstraerte del mundo. Es un universo con sus leyes que se va completando y para engancharte en ese mundo tenés que estar solo. Y está bueno mostrar después que ese mundo en el que estás vos sola, que es tan íntimo y no entra nadie, a la gente que lo ve también le pasan cosas. Es genial.
--Exteriorizar lo que hace ¿apunta a cambiar de alguna forma al observador?
--(Maria piensa unos segundos) Ojalá se transforme la gente que lo ve. Ojalá pasara eso. Pero no creo que sea tan así, porque la historia del arte tiene una parte oficial y otra no oficial, y hay en ella mil artistas geniales que han mostrado cosas increíbles, tragedias de la humanidad y nadie hace caso. A mi sí me cambia porque yo pinto, no sé qué pasa con la gente que ve un cuadro.
--¿Cuando se sienta a pintar surge la pregunta sobre qué le pasará a quien vea la obra terminada?
--En el momento que uno pinta no piensa en nada. Pero en el tiempo entre el que termino un cuadro y lo firmo, siempre pienso qué dirá la gente. Pienso mucho en los niños, los que fueron a mis exposiciones se engancharon. Y me recuerdo de chica yendo a exposiciones y de coparme con esas cosas. Muchas veces pienso: qué dirá la otra gente, la formal, la estructurada, la gente del circuito ¿qué pensará? Me gusta perturbar porque sé que la gente como yo se lo toma con humor. Pero la gente formal se perturba, y me gusta que se perturbe y moleste. Tengo un cuadro lleno de sangre y pienso qué dirá la gente; por ejemplo “qué terrible el osito” (en referencia a la obra de unos ositos de peluche ensangrentados) y para mi no es nada terrible. Lo terrible fue lo que le hicieron a ese chico que le mataron a los dos padres, que no sabe ni como es la cara de sus padres. Pienso en la gente que me las hizo pasar mal.
--¿Cómo comenzó con su último trabajo, con las obras que le siguen a “Los niños del proceso”?
--Me inspiré justo cuando se cumplieron los 30 años del Golpe Militar. Estuve en la Plaza de Mayo con unos amigos y sabíamos que se iba a armar quilombo por el discurso. Entonces fuimos a ver la marcha por la tele y, entre los programas especiales que televisaban, apareció el discurso de Videla: “Un desaparecido es una persona que no está ni viva ni muerta, está desaparecida”. Y a mi me mató eso, me agarró un ataque, indignación, a pesar de que ya estamos acostumbrados. Ahí fue cuando comencé a escribir estas cosas. Llegué a mi casa y me puse a dibujar estos trabajos mientras me acordaba de frases, de discursos que circulan en la sociedad.
--Tanto para estas obras, como para las anteriores, ¿usted investiga de alguna forma, pide información como para relatar esas historias?
--Para hacer los últimos trabajos pedí muchas fotos prestadas. Una vez, en una clase, luego de terminar la Pueyrredón me encontré con una chica que me invitó a su casa a tomar mate y empezó a contarme su historia: que era adoptada, que quería reconstruir su historia, que sus padres habían sido asesinados. Y comenzó a traer fotos. Habló como dos horas de ella y le dije que mi papá estaba desaparecido. Le pedí el álbum que ella había reconstruido con fotos de su familia. Ninguna era igual a otra, no eran de la misma serie, sino que se notaba que su familia le fue donando fotos y ella las iba poniendo y pegaba papelitos con anotaciones sobre quien estaba en cada imagen. Entonces hice un cuadro con esa historia. Era muy fuerte su álbum. Eso me mató, trabajé con lo que ella me decía y con sus fotos. “Tengo un amigo –explica María-- que también me dio fotos suyas. Cuando recién nos habíamos conocido en HIJOS fue de vacaciones conmigo y mi vieja. Él, hablando con ella, empezó a contar quién era su padre. Y mi vieja no lo pudo creer, porque su papá era muy amigo del mío, así que fue un flash. Mi mamá decía que mi viejo re admiraba al padre de él. Mi amigo contó que se acordaba cuando mataron a sus padres, delante él. Estaba en una cuna del cuarto, tenía tres años, la hermana menor en otra cama, escuchó los disparos y, después los milicos se los llevaron en un auto. Por suerte, a ellos los devolvieron a la casa de su abuela. No sabemos por qué, pero los devolvieron. Hice muchos cuadros sobre su historia. Él contó que la madre los encerró en el cuarto y al toque comenzó a escuchar muchos disparos. Y de repente, silencio. Después abrieron la puerta y él esperaba que fuera su papá, pero era alguien que no conocía. Cuando se los llevaban, pasó por el living, vio el televisor destrozado en el piso y a sus padres ensangrentados. No sabemos si es lo que vio o si fue un poco lo que se reconstruyó. También hice otro cuadro del padre de él, con mi amigo sentado en el piso y el fondo rojo. Trabaje con sus retratos y los de su hermanita, y con lo que me contó.
Ahora María muestra una de sus obras. Es la letra de una canción de un poeta que le gusta, dice y cree que se llama Daniel Durand. “En la lucha cantan las voces de todos los guerreros, la muerte va juntando los pedazos de los descuartizados y en su bolsa negra de residuos va metiendo huesos, piel con pelos, corazones y mentes”. Eso un poco en referencia a que vuelvan los cuerpos, que nosotros los encontremos. Y eso es…bueno, que te den a tu viejo es nada… pelos, corazones, huesos o restos, no son tu papá”.
--¿Maria qué sabe respecto de lo que pasó con su papá?
-- Respecto de mi papá, en el expediente judicial dice que está en la sepultura tal, sector tal. Fue enterrado en una fosa común y cuando el Equipo de Antropología Forense fue a ver, ya la habían vaciado en 1990. Y es como que se perdió todo. Yo no fui ahí, no me causa gracia ir al cementerio de La Matanza.
FUENTE: Artemisa Noticias/América Profunda


















































