La Coctelera

Categoría: literatura de mujeres

Premia UNAM en 2006 a Elsa María Cano

CIMAC MEXICO

--Una vida dedicada a enseñar Literatura

Por Guadalupe Cruz Jaimes

México 5 enero 07 (CIMAC).- La Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM) galardonó, en 2006, la preocupación y entusiasmo de Elsa María Cano
Bonilla por la educación media superior y su excelente desempeño en la
academia con el Premio Universidad Nacional, el más alto reconocimiento que
otorga la casa de estudios cada año a su comunidad académica.

El premio se debe a que Elsa Cano ha dedicado cuarenta años ininterrumpidos
de su vida a la enseñanza de literatura en la Escuela Nacional Preparatoria
(ENP) de la UNAM, refirió un reporte de la Gaceta Universitaria.

Para ella impartir clases es "un regalo, una grata experiencia cotidiana
que le ha sido concedida", tarea a la que ha dedicado su vida.

Esta mujer apasionada de su labor considera, además, que "su quehacer
requiere de una responsabilidad muy grande, pues su trabajo tiene a fin la
formación académica de las y los adolescentes", etapa fundamental previa a
los estudios de licenciatura.

Por este motivo, el desempeño profesional de Elsa Cano está considerado en
la UNAM como un ejemplo "de trato humano, la cercanía con las y los más
jóvenes y la instrucción acertada con la finalidad de formar generaciones
críticas y preparadas para la educación superior y la vida misma".

VOCACIÓN UNIVERSITARIA

Estudió la licenciatura en letras españolas en la Facultad de Filosofía y
Letras y obtuvo el grado de maestra en letras hispánicas con mención
honorífica. Actualmente cursa el doctorado en letras mexicanas.

En su afán de desempeñarse de la mejor manera en su profesión Elsa Cano de
manera constante se actualiza en los temas relacionados con su objeto de
estudio, a través de cursos, talleres, y seminarios.

Para Elsa María la crítica y la investigación son elementos fundamentales
en la instrucción de las y los estudiantes de preparatoria, por ello además
de las cátedras de literatura incluye estos aspectos en la enseñanza del
alumnado.

Por ello, también participa activamente en la preparación del personal
docente de nivel superior y de bachillerato como organizadora y ponente de
cursos en el Departamento de Educación Continua de la Facultad de Filosofía
y Letras y en la Dirección General de Asuntos del Personal Académico.

Además de su exitoso desempeño en la docencia, la maestra Cano colabora en
la publicación de libros de texto, de ensayo, antologías, artículos de
crítica para revistas y publicaciones periódicas.

Entre sus obras destaca la publicación de dos manuales con los temas en que
se ha especializado, uno de literatura universal y otro de literatura mexicana.

Además Elsa María incursionó en el periodismo. En la década de los noventa
escribió para El Búho, suplemento cultural del diario Excélsior, y otras
revistas como El universo del búho y Revista de Revistas.

06/GCJ/CV

La reina mártir en letra impresa

La Prensa Digital

Antonia Fraser aclara varios enigmas de la mujer de Luis XVI. Otro trabajo la evoca a través de su pintora de cámara y lo mismo pasa con la biografía de su perfumista, del que ahora se reprodujo un producto que se vende en Versalles.

La detallada biografía sobre María Antonieta (1755-1793), de la escritora británica Antonia Fraser y en la que se inspiró la directora Sofia Coppola para la película homónima -a estrenarse el 15 de febrero en Buenos Aires-, ilumina con datos históricos precisos el retrato de la esposa del rey de Francia, Luis XVl.

http://www.laprensa.com.ar/suplementos/nota.asp?ed=2282&tp=10&no=73914

Detrás de la letrina

Florielazos Blog

http://floriella.blogspot.com/2006/12/detrs-de-la-letrina.html

Todas en la casa lo veíamos de reojo. Esto es, todas las viejas o las que pasábamos los veinticinco. Las niñas no tenían cómo saberlo a no ser que nosotras contáramos y de hecho así era como lo sabían algunas de las veinteañeras.
A mí me daba lástima mi prima, la hija. Ella tenía que saber. Talvez de primera mano, lo cual me aterrorizaba puesto que compartían el techo y no quería darle rienda suelta a mi malicia para no sufrir la congoja ajena. Talvez lo sabía sólo de escuchar los cuchicheos de las demás, las que habíamos sido víctimas o las que habíamos oído la historia que se repetía cada tanto.
Yo, más que verlo de reojo, lo miraba con desprecio y hasta con cierto asco. Cada vez que tenía por algún motivo ineludible que llegar a casa de mi tía y topármelo de frente, hacía un giro violento para saludarlo de larguito, sin que siquiera me rozara. Ya estaba viejo y se le veía cansado, pero su sonrisa seguía albergando la misma mala vibra de siempre. Y aunque hacía mucho que no escuchaba de nuevos incidentes, ya se sabe lo que dicen del perro que come huevos y del zorro viejo, entonces para mí y creo que para todas las demás, eran suficientes las experiencias pasadas para no extender la visa del perdón.
A mí me pasó una sola vez y con eso fue suficiente. Recuerdo que todavía funcionaba el excusado de hueco que estaba por detrás de la casa aunque el único que lo usaba era mi abuelo porque no se acostumbraba a ir adentro. Yo venía de donde otra de mis tías hacia la casa de abuela cuando me pareció ver una sombra moverse a un lado de la casucha. Seguí mi trote despreocupado de chiquilla de diez años, cuidadosa sólo de no chocar con un chahuite para no manchar mi ropa. En eso, la sombra se materializó y lo vi viéndome, con esa sonrisa enferma y blandiendo una cosilla blanca y arrugada entre sus manos, a la altura de la ingle. La sacudía como si quisiera arrancársela y tirármela encima. Sólo el pensamiento de que tal cosa pudiera pasar me hizo levantar un polvazal en la carrera hacia la seguridad de los delantales de mi abuela. Sobra decir que llegué vomitando el corazón del carrerón y del susto.
La historia fue más o menos la misma con todas, menos con mi prima la que es dos años mayor que yo. Su carácter nunca había sido el más dulce y lo demostró cuando, al repetirse el cuadro detrás del excusado, no sólo no puso pies en polvorosa sino que se agachó a recoger la primera piedra que fuera lo suficientemente grande para cubrirle la palma de la mano derecha, se acercó para tener mejor chance y se la dejó ir encima con toda la fuerza que su brazo le permitió. Dice mi prima que la piedra iba dirigida al bajo vientre pero se la pegó en el pecho de donde rebotó al suelo sin hacer mayor daño. Siempre he admirado ese gesto de valentía de mi prima pues, aunque yo me paralicé por un nanosegundo, para lo único que me dio la cabeza fue para salir corriendo.
Se preguntarán porqué alguno de los varones de la familia no le dio una buena majada de hocico para que dejara la maña y la respuesta será invariablemente la misma: porque pobrecita mi tía. A mí la lástima nunca me dio para tanto. Muchas veces deseé ser más grande y ser hombre para enseñarle a ese pedazo de pervertido lo que era el miedo; talvez así aprendiera.
Ya de grande me preguntaba cómo fue que las cosas nunca pasaron a más. Bendita la Providencia por eso.
Ahora, cuando me toca ir de nuevo a la casa de mi tía y me lo topo vuelven los malos recuerdos, propios y ajenos. No pierdo de vista a mi hija ni por una milésima de segundo. Aunque debo confesar que en secreto desearía ver el mínimo gesto por parte de él para que conozca, de mis propias uñas y puños, lo que pueden hacer el miedo y la rabia de una niña hecha madre, acumulados a lo largo de dos décadas.

Elucubrado por Floriella @ 10:05 PM

Tomado de Rima
www.rimaweb.com.ar

Mítica vida trágica

LA NACIÓN

ELLA, TAN AMADA

Por Melania G. Mazzuco-(Anagrama)-Trad.: Xavier González Rovira-568 páginas-

La última novela traducida al castellano de la italiana Melania Mazzucco (Roma, 1966) está hecha de una materia doble: la primera subraya la excepcionalidad de la figura de otra escritora, Annemarie Schwarzenbach; la segunda, el modo injusto -y hasta brutal- con que la trataron sus contemporáneos.

http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/cultura/nota.asp?nota_id=869829&origen=premium

Las incorrecciones de la señora Heker

PÁGINA 12

Las/12|Viernes, 15 de Diciembre de 2006

A Liliana Heker se la suele distinguir tanto por su precocidad -escribe
desde los 16, desde antes incluso de saber que ése sería su oficio- y por
desafiar ese cauce recto que impone el consenso sobre temas incómodos. "La
literatura -dice la escritora- es un lugar fascinante para lo ambiguo", que
es, en definitiva, desde donde parten las mejores preguntas.

Por Liliana Viola

En una de las tantas paredes del Centro Cultural Recoleta se despliega un
álbum de fotos personales. Ella está en casi todas las imágenes, posando o
distraída, contribuyendo desde muy joven y sin saberlo a esta reconstrucción
casi fantástica de una vida entera en relación con la literatura.
No se trata de una exposición de fotografías, hay muchos objetos más
ordenados como en un museo viviente, incluidos los textos fragmentarios que
conforman algo así como una biografía. Manuscritos, correspondencia,
recuerdos dispuestos especialmente por alguien que podemos llamar con
objetividad "la curadora de la muestra" -en este caso, Manuela Lecuona--
pero que bien podemos imaginar como un personaje de ficción guiado por
intenciones extrañas. Construir un espacio literario en torno de Liliana
Heker por el que se pueda caminar, mirar, sentarse a escuchar uno de sus
cuentos narrado por su propia voz, verla responder a un cuestionario sobre
la cocina de su escritura, y hasta quedarse horas leyendo sus libros. Están
todos. Desde el primero, Los que vieron la zarza, que publicó a los 23 años
y que contiene cuentos que empezó a escribir a los 16, hasta libros donde
expone su posición crítica, como Las hermanas de Shakespeare. Los paseantes
se van a topar también con tapas y algunos ejemplares de El escarabajo de
oro y El ornitorrinco, dos revistas literarias que marcaron tres décadas del
circuito literario argentino y que resulta imposible no asociar con su
nombre.
Una de las características que siempre se destacan al hablar de Liliana
Heker es su precocidad. Empezó a escribir siendo una adolescente, aunque
ella dice que por entonces no soñaba con convertirse en escritora. "Di el
ingreso para Física mientras hacía el ultimo año de la escuela Normal. Así
es que con 16 años ya había ingresado a la Facultad de Ciencias Exactas. Por
ese entonces, ya escribía. Me pasaba algo y yo enseguida tenía que ponerme a
escribir, pero ni conocía a escritores, ni había leído mucho ni pensaba en
la escritura como oficio." Otro rasgo fundamental de esta escritora que
abandonó su carrera de física cuando ya estaba cursando su cuarto año es su
pertenencia a la generación de los jóvenes del sesenta, los iluminados por
Sartre, por los conceptos de elección y de compromiso, por la confianza en
la palabra y la convicción de que el mundo merecía y podía ser cambiado.
Fotos: Juana Ghersa
"Teníamos esa necesidad de ser parte de algo, movilizarte por algo. En ese
momento estaba en el aire la idea de ser adolescente y como tal querer
participar. Cuando estudiábamos en el Normal -que por entonces fue muy
movilizado por la discusión sobre la educación laica o religiosa- nos
parecía imposible estudiar magisterio y no cambiar el mundo. Todo tenía como
destino un cambio social, producir una revolución en el ámbito que fuera."
Si no tenías el plan de ser escritora, ¿cómo se te ocurrió buscar trabajo en
una revista literaria?
-Eso es bastante curioso y a su vez se trata de un hecho puntual. Me acuerdo
de que tenía 16 años y que estaba con unas amigas en el hall del teatro La
Máscara. Estábamos conversando sobre de qué íbamos a trabajar, ya que se
acercaba el fin del colegio y cuando me tocó el turno a mí, yo dije: "Voy a
trabajar en una revista literaria". Fue muy curioso, porque yo nunca había
leído una revista literaria y tampoco estaba muy segura de que existiera
alguna. Y fue ahí que me di cuenta: lo dije. Y si lo dije, lo hago. Siempre
quise ser coherente con mis afirmaciones. Así que fue ahí que me puse a
buscar entre las revistas que había entonces, que entre paréntesis me
parecieron muy aburridas, hasta que encontré El grillo de papel. Leí el
editorial, me entusiasmó que se pronunciara como revista de izquierda y
sobre todo la afirmación de que si había algo que decir sobre la realidad
actual, si algo ocurría en el mundo que merecía ser comentado, la gente de
la revista no iba a esperar a que se le ocurriera un cuento o un poema para
hacerlo.
La carta robada
Cuenta la leyenda que luego de aquella declaración de destino, Liliana Heker
escribió una carta a los responsables de El grillo de papel escudando su
honor en el hecho de que ellos habían hecho una convocatoria a todos los
escritores que quisieran participar. Explicó sus intenciones de colaborar en
la revista y adjuntó un poema de su autoría. Al poco tiempo recibió la
respuesta de Abelardo Castillo, que en una sola frase le daba una mala
noticia y una buena: "El poema es pésimo, pero por la carta se nota que sos
una escritora". Fue entonces cuando Liliana Heker entró a trabajar en
aquella revista literaria. Dicha carta no aparece entre los objetos mágicos
que integran esta muestra y tampoco se ha divulgado jamás su contenido.
¿Qué decía esa misteriosa carta?
-No es que sea misteriosa, lo que pasa es que se perdió, estaba entre la
correspondencia de la revista que en un momento pedimos que se transcribiera
y en el trayecto se traspapeló. Lo que sí conservo es aquel primer poema y
puedo decir que de verdad era malo, no tan malo para una chica de 16 años,
pero bastante pretencioso y presumido, no daba muestras de que hubiera
ningún talento allí. Pero puedo acordarme de lo que decía la carta: yo
explicaba que no conocía el mundo de los escritores pero que aún así me
resultaba un mundo cada vez más necesario. Por otro lado, yo tenía 16 años y
tenía conciencia de que no podía comenzar la carta diciendo "Hola, tengo 16
años". Pero sabía que ese dato iba a llamar la atención. Así es que después
de decir todo lo que quería, agregué al final unos datos personales donde
hacía constar la edad. Y sé que eso tuvo una influencia, no fue nada
inocente de mi parte.
¿Qué creés que contenía esa carta como para señalarte como escritora?
-Creo que lo más importante es que explicaba con claridad lo que de verdad
quería; no haber sido inocente también es importante. Lo que puse lo puse
sabiendo qué reacciones buscaba. Y lo que buscaba era que me dieran bolilla.
Luego, cuando ya dentro de las revistas vi la cantidad increíble de cartas
que llegan y que sin duda no se les puede dar respuesta, confirmé que mi
acierto había estado en conseguir atraer la atención.
Entraste en un círculo eminentemente masculino. ¿Te trajo problemas el hecho
de ser mujer?
-Nunca. A pesar de que es cierto que era una generación de una fuerte
presencia masculina. Cuando empecé a ir, las reuniones se formaban con los
escritores, las novias de los escritores, y yo. Pero nunca sentí nada
especial, ni dificultad, ni nada que me hiciera pensar en diferencias.

¿Qué lugar tuvieron en tu formación los escritores que fuiste conociendo?
-Yo recuerdo que tenía unos 17 años, estaba ya trabajando en la revista y
había terminado un cuento. Se lo mostré a Humberto Costantini, que al rato
me lo devolvió y me dijo con esa manera de hablar que él tenía, con esa boca
medio torcida y su tono arrabalero: "Sí, Liliana, está bien escrito. Pero a
esta altura del partido, lo menos que se puede esperar de nosotros es que un
cuento esté bien escrito". Las críticas en ese momento eran lapidarias. Así
como también que viniera Humberto y te elogiara era algo importantísimo. Yo
aprendí mucho de los cuentistas que pasaban por la revista. Cierto
magisterio que busqué y encontré en Abelardo Castillo fue fundamental para
mí. Estoy segura de que la revista aceleró ciertos procesos en mí. Yo que
estudié física sé lo que es un catalizador. Estos escritores actuaron como
un catalizador para mí.
¿Los talleres literarios pueden cargar con la ausencia de estos espacios de
discusión?
-De ninguna manera. Una revista implica muchas cosas: la gente se expresa,
polemiza, elige textos de otros, publica textos de no ficción, se hace
crítica literaria. Una revista dialoga con el presente, con sus
contemporáneos. La autoridad era más natural y compartida, además de
circunstancial. Se daba por tener un libro publicado, por saber más de tal
cosa o de otra. En un taller hay una sola autoridad. En cuanto al proceso de
aprendizaje, yo trato en mi taller de repetir lo que a mí me formó. Así es
que en la crítica soy implacable y fomento la exigencia en la lectura y en
la corrección. Creo que si un cuento necesita ser reescrito veinte veces
para que salga, hay que hacerlo.
Actualmente, como lectora y coordinadora de talleres, ¿sos capaz de detectar
escritores en potencia?
-Sí y me ha pasado muchas veces. Se puede encontrar incluso un escritor en
un cuento que es malo. Pero tal vez en una frase, en un punto de vista, en
el modo en que trata a sus personajes, algo se ve. Siempre hay que trabajar
mucho, pero cuando alguien puede escribir, en alguna parte del texto eso se
nota. A su vez, puede haber un cuento correctamente escrito y sin embargo no
tener por eso la presencia de un escritor detrás.
La mujer incorrecta
Su última novela, El fin de la historia, despertó una gran polémica apenas
apareció en la década del '90 porque se lanzaba a contar la historia de una
traición, una relación ambigua entre una militante y un represor en el
contexto de la última dictadura militar. No era el primer episodio en que la
autora salía a defender su punto de vista y sobre todo la libertad de
expresarlo.
En este espacio literario se puede encontrar este libro, así como también la
polémica famosa que sostuvo en 1980 desde las páginas del El ornitorrinco
con Julio Cortázar sobre el concepto de exilio como estética y compromiso.
No parece interesarte mucho lo políticamente correcto en literatura...
-Lo políticamente correcto me resulta abominable. Es algo que da lugar a
decir lo que no hace falta decir. Esa necesidad de coincidir con lo
consensuado me parece un mal camino. Si hablamos específicamente sobre
literatura, creo que lo interesante es tocar ciertas verdades no
consensuadas, aquellos conflictos que no tienen una sola respuesta,
interrogantes que tal vez la gente no se atreve ni a plantearse. Creo que la
literatura es un espacio fascinante para lo ambiguo. No en vano me puse tan
contenta cuando encontré el título Los bordes de lo real para la
recopilación de mis cuentos, porque creo que es por ahí por donde va mi
literatura.
En algún momento, tarde o temprano todos tus personajes recuerdan o regresan
a su infancia. ¿Qué importancia le das a esa etapa de la vida en la
construcción de tus historias?
-Creo que en la infancia se dan todas las pasiones y se dan en crudo. No hay
todavía una coraza cultural para defenderse. Eso de la infancia como la edad
dorada y feliz me parece una profunda estupidez. Un niño puede ser generoso,
especulador, perverso, malo, triste. Creo que lo que después vemos como
bueno y malo en el adulto, ya se da en la infancia sin atenuantes. Elijo ese
regreso a la infancia porque me da una posibilidad de mostrar conflictos en
estado puro y de ofrecer un gesto revelador del personaje. Justamente en El
fin de la historia la infancia es fundamental porque esa ambigüedad de la
militante que traiciona, Leonora Ordaz, ese no saber nunca del todo por qué
actúa como actúa también está presente en las escenas de su infancia. Esa
capacidad para ser protagonista, de congraciarse con el poder, es uno de los
interrogantes más fuertes del libro. ¿Por qué actúa como actúa? ¿Por la
situación violenta, por la tortura, por cinismo, o porque ella siempre fue
así? Yo no doy la respuesta en el libro, pero esa predisposición a actuar
políticamente ya está presente en la escuela primaria con la maestra de
labores.
Melodrama o crueldad. ¿Un poco de las dos?
-Yo creo que a veces la gente se comporta melodramáticamente, que nadie
puede sustraerse de eso. Y es algo que me fascina en mis personajes. En mi
primer libro hay un cuento que se llama Casi un melodrama, una relación
entre un escritor y su mujer, en que parece que va venir un final feliz
hasta que la mujer de pronto rompe brutalmente esa posibilidad. La crueldad
también está presente. De hecho mi último libro se llama La crueldad de la
vida y el último cuento trata justamente de eso. Yo quiero mucho ese texto
que es fuertemente autobiográfico; en realidad el origen somos mi hermana y
yo paradas en la puerta de un geriátrico abominable donde jamás llegamos a
dejar a mamá, nunca la llevamos. Habíamos ido las dos pensando en la
posibilidad y salimos matándonos de risa imaginando en qué iba a hacer
nuestra madre en ese lugar. Nos reíamos como cuando éramos chicas y
estábamos en realidad prácticamente frente a la muerte. Y entonces yo pensé:
ésta es la crueldad de la vida, que seguíamos siendo las mismas. Una nunca
se va de sí misma. Uno es siempre unionismo.
¿En esta muestra hay algún adelanto de lo que estás escribiendo ahora?
-Sobre lo que estoy haciendo ahora, no hay nada. Tengo un proyecto de novela
pero no querría que hubiera ningún adelanto porque está todo muy confuso.
Más que confuso, difuso. Desde la publicación de mi último libro, en 2001,
ha pasado mucho tiempo sin que pudiera terminar nada. Hace poco comencé a
escribir de nuevo, he terminado algunos cuentos, uno de ellos va a salir
publicado en Casa de las Américas en estos días.
¿Esos estados no son muy comunes en la vida de los escritores?
-Sí, claro. Son estados que pasan pero son muy inquietantes. Cuando algo
está confuso, yo vivo en un tembladeral. La experiencia me sirve para
teorizar y saber que son cosas que pasan. Pero la angustia no me la quita
nadie.

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*Si utiliza la información que se brinda en esta lista, por favor, cite la/s fuente/s. Gracias.*

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Mi abuela Carmen

CIMAC MEXICO

Testimonio de una vida con violencia

*Por Ämbar

México, D.F, 7 dic 06 (CIMAC).-Carmen, mi abuela materna fue una mujer que
nació con daño neurológico. Padecía dislalia y dislexia. Decía darrio por
radio, y palabras largas como electricidad, eran imposibles de pronunciar
para ella. Su familia nunca supo que se trataba de una enfermedad. Siempre
fue Carmen la tonta, la bruta, la buena para nada.

Quedó huérfana de madre y padre a los dos meses de edad. Su
madre, mi bisabuela Isabel la estaba amamantando cuando llegó alguien a
decirle que su marido le ponía el cuerno. Que si quería verlo, que fuera
a cierta calle y que ahí lo encontraría muy acaramelado con la otra
mujer. Mi bisabuela aventó a su hija Carmen y salió corriendo desesperada,
a cerciorarse de que lo que le habían dicho era verdad.

Pasaron las horas e Isabel no regresó. Era un día frío y lluvioso.
Finalmente salieron a buscarla. La encontraron tirada en la calle y
ardiendo en fiebre. Estaba inconsciente. Llamaron a un médico. Era
demasiado tarde. Isabel murió de neumonía fulminante.

Carmen de dos meses y su hermano Juan de seis años, quedaron al cuidado
de su tía María Olivares, esposa de Felipe Nicoletti, hermano de Isabel.
María amamantó a Carmen, pues ella también tenía un hijo más o menos de
la misma edad: Alberto.

Al morir Isabel, su marido desapareció y se olvido de sus dos hijos.
A Carmen la obligaban a hacer los oficios de sirvienta. Lavaba la ropa de
sus primos y tíos, guisaba, planchaba, hacía los quehaceres domésticos a
cambio de la hospitalidad que le brindaban sus tíos.
Un día la mandaron a comprar guachinango. Después de tres horas regresó con
las manos vacías.

-¿Y el pescado, Carmen?

-Pues no lo traje porque no había guachinango, sólo había robado.
No lo compré porque era robado.

Recibió una golpiza por tonta, por bruta, y la regresaron a comprar el robalo.

Carmen nunca aprendió a leer. En aquella época, finales del siglo XIX, era
raro que una mujer fuera a la escuela. Los padres decían: ¿Para qué?, si
las mujeres para lo único que sirven es para parir hijos, lavar, planchar y
hacer frijoles.

Y en el caso de mi abuela, había una doble justificación, según sus
tíos, para no enviarla a estudiar. ¿Para qué iban a tirar a la basura su
dinero enviando a esa escuincla tonta y bruta a la escuela? Ella sólo
servía como bestia de trabajo.

Así transcurrió la vida de mi abuela. Realizando los trabajos domésticos
más pesados de la mañana a la noche. Maltratada, golpeada y mal alimentada.

En casa de sus tíos Felipe y María también vivían sus primos Alberto,
Felipe hijo, Silviano, Agustín, Isabel, Elena, Camila, Guadalupe, Teresa,
y su hermano Juan.

Pues resultó que un día Carmen la tonta, la bruta, la mensa, la buena para
nada, sin salir a la calle más que para hacer las compras de la comida, sin
que le conocieran novio, y sin haberse casado, resultó embarazada por
segunda vez a los treinta y cinco años. Su primera hija de padre
desconocido, había muerto a los dos meses de nacida.

Nadie supo cómo, cuando, ni de quien había resultado preñada en esta
ocasión. La medio mataron a golpes, amenazaron, insultaron, diciéndole que
además de bruta era una puta y una ofrecida. Carmen nunca reveló quien era
el padre de su hija.

Los golpes, amenazas e insultos no cesaron. Carmen finalmente dio una
respuesta.

-¿Quién es el padre de tu hija?

-Un tal Pepe.

-¿Cómo se apellida el dichoso Pepe.

-No sé.

-¿Dónde lo conociste?

-No me acuerdo.

De ahí nunca la sacaron. Repudiaron a su hija. Fue Isabel la bastarda, hija
de Carmen la tonta, la bruta, la buena para nada, la piruja.

La niña tenía la piel blanca como su madre y ojos enormes color miel.
Detalle que fue tomado como otra prueba de su bastardía, pues los
familiares de mi abuela tenían ojos azules o verdes.

La niña Isabel, quien treinta y cinco años después sería mi madre, vivió
desde pequeña con su tía del mismo nombre. Todo mundo las conocía como Doña
Chabela y Chica Chabela. Ambas vivieron en el Puerto de Veracruz.

Chica Chabela conoció a Alberto como su tío, pues era hermano de Isabel.
Siempre le decía la flaca. Lejano afectivamente con ella, cuando la veía,
sólo le acariciaba ligeramente la barbilla y le decía: Quihúbole Flaca.

Chica Chabela recordaba que cuando tenía seis años, un día llegó su tío
Alberto. La llamó, le puso las manos sobre sus hombros y la miró a los ojos
largamente. Después la abrazó diciéndole hija. Cuando la soltó, él tenía
lágrimas en los ojos. Sin decir nada, salió rápidamente de casa de su hermana.

Alberto visitó nuevamente a su hermana Isabel. Hablaron largamente. Al
final, él abrazó con fuerza a Chica Chabela y desapareció.

Para ese entonces Alberto ya estaba casado y era padre de seis hijos. Cinco
varones y una mujer. Era ebanista y dueño de una maderería. Vivía en la
ciudad de México.

Pocos meses después de esa última visita, se incendió la maderería de
Alberto. Al ver perdido su patrimonio se desquició mentalmente. Juan, el
hermano de Carmen recluyó a Alberto en la Castañeda, hospital psiquiátrico
de la época porfirista que estaba ubicado en lo que hoy es la Unidad
Habitacional Lomas de Plateros.

Dicen que no perdió la razón. Fue una alteración momentánea al ver que su
patrimonio era consumido por el fuego. En un instante de lucidez se suicidó
ahorcándose con una sábana en el hospital.

Su muerte fue un duro golpe para la familia. Era el primogénito. ¿Quién iba
a hacerse cargo de la viuda y de sus seis hijos.

Las malas lenguas dijeron que el incendió fue provocado por su
primo Juan, como venganza por los malos tratos propinados a él y a su
hermana Carmen.

Cuando murió Alberto, Chica Chabela tenía siete años. No pudo asistir al
funeral del tío por la distancia, pues ella y su tía vivían en Veracruz y
él en la capital.

Algunos meses después de la muerte, la tía Isabel habló con su sobrina y le
dijo:

-Hija, tengo que decirte una cosa. ¿Recuerdas a tu tío Alberto?

-Sí.

-Pues fíjate que no era tu tío. Bueno, era tu tío, pero también era tu
padre. ¿Recuerdas la última vez que vino a vernos?

-Sí.

-Pues entonces me confesó que él fue quien te engendró. Que en un momento
de locura había abusado de Carmen, tu mamá, y que te reconocía como su
hija. Y me pidió que te cuidara como si fueras mi propia hija, pues tu
madre es incapaz de hacerse cargo de ti.

Así fue como, cuarenta y dos años después, se supo quien fue el padre de
la hija de Carmen la tonta, la bruta, la buena para nada, la puta.

* La autora creció en México con violencia gracias a la Literatura fue
cerrando sus heridas
06/A/CV

Las armas secretas

PAGINA 12 - RADAR Libros

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-2346-2006-12-
06.html

06 diciembre 2006
Difundido por RIMA - Red Informativa de Mujeres de Argentina

Reina Roffé supo ser una escritora revelación y una novelista
censurada por la dictadura. Los avatares del exilio y la literatura
la alejaron de la Argentina, pero desarrolló una importante carrera
literaria en el exterior. Autora de novelas de ruptura, biógrafa de
Juan Rulfo, actualmente prepara una novela sobre un drama oculto que
vivió García Lorca en Argentina. Desde Madrid, donde reside
actualmente, habló con Radar.

Por Alicia Plante

Reina Roffé nació en Buenos Aires. Sin embargo, siempre en alguna
forma de relación con su actividad como escritora, vivió exiliada
durante largos períodos, generalmente por motivos políticos aunque
luego también económicos. En 1973 había publicado Juan Rulfo:
autobiografía armada (reeditada en Barcelona en 2001). Su primera
novela, Llamado al Puf, había obtenido ese mismo año el Premio
Pondal Ríos al mejor libro de autor joven en el concurso de la
Fundación Odol. Sin embargo, la aparición de su segunda novela,
Monte de Venus, en el aciago año 1976, ofrecía una visión
iconoclasta de la mujer en la sociedad porteña y uno de sus
personajes era una mujer homosexual. Dada la época que se vivía,
lejos de ser premiada y celebrada fue inmediatamente prohibida por
la censura militar, que la secuestró de las librerías por inmoral y
escandalosa. A la sazón, Roffé tenía 24 años, y para ella y su
pareja, el escritor Juan Carlos Martini Real, comenzó un período
angustioso de idas y venidas promovidas por el miedo, la rabia y el
dolor de la pérdida de amigos y colegas.

En 1978 Roffé y Martini Real tuvieron la oportunidad de viajar a
Estados Unidos, donde prolongaron su estadía todo lo posible. Unos
meses más tarde, a poco de regresar a Buenos Aires, la pareja se
separó, como ocurría con frecuencia en esos días de disolución y
quiebre. En 1981 Roffé obtuvo la beca Fullbright para escritores y
regresó sola a Estados Unidos por tres años y medio. Allí editó el
libro Espejo de escritores (Ediciones del Norte, New Hampshire,
1984). En 1987, de vuelta en su tierra desde 1984, publicó su
tercera novela, La rompiente, editada simultáneamente en Buenos
Aires por la entonces ascendente editorial Puntosur y en México por
la editorial Universitaria de Veracruz; con esta novela corta había
ganado el Premio Internacional de Narración Breve otorgado por la
Municipalidad de San Francisco, Córdoba, Argentina. Este libro ha
sido y es objeto de estudio por investigadores americanos y
europeos, y al momento de su publicación, en la mitad de los `80,
obtuvo buena atención también por parte de crítica y público.

Actualmente y desde 1988, Roffé reside en Madrid, una ciudad a la
que no considera "su lugar en el mundo" pero en la cual, entre una y
otra visita a la Argentina, coordina talleres de lectura y escritura
creativa en el Centro Cultural Pablo Iglesias de Alcobendas. Es
además colaboradora de la revista Cuadernos Hispanoamericanos y
firma invitada en el Centro Virtual Cervantes. Asimismo, desde
ese "puerto" en el cual recaló inicialmente por un ofrecimiento de
trabajo, la labor creadora continuó y en 1996 la Editorial
Sudamericana publicó su cuarta novela, El cielo dividido, mientras
en 2001 la Editorial Páginas de Espuma de Madrid puso en las
librerías Conversaciones americanas, un libro que contiene doce
entrevistas a autores latinoamericanos. Asimismo, una extensa
biografía, Juan Rulfo. Las mañas del zorro, aparece en Madrid en
2003, y en 2004 Roffé da a conocer los relatos reunidos bajo el
título Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras.

¿Cómo se entrevista a una escritora a la que vacilamos en acercarnos
con una pregunta concreta? La lectura de textos recientes en un
primer contacto nos engaña con la impresión facilista de que la
maduración de su escritura develará a la secreta autora de La
rompiente. Porque a Reina Roffé no se la devela. Está –diría– en su
esencia no ser nunca indudablemente comprendida, permanecer de este
lado de la incertidumbre mientras explora aguas abisales,
deslumbrantes, en las que no existen el tiempo como orden ni las
razones habituales. Cada tanto asomamos con el personaje a la
superficie de lo cotidiano y nos sentimos pletóricos de oxígeno y
sentido, hasta que el relato nos arrastra consigo a mayores simas, a
la reconstrucción del instante a partir de su fractura, y lo no
dicho, lo ambiguo, la belleza conmovedora de lo onírico nos cortan
la respiración y a la vez nos dejan con la sensación de haber
extraviado por un momento el hilo conductor... No es así. En
realidad entendimos todo. Todo el tiempo.

Leer a Roffé podría semejar un súbito viaje a Oriente, amanecer
perplejos ante lo profundamente extraño. Sin embargo, en un recodo
incierto la estética de sus imágenes, las palabras –apenas una
herramienta exquisita–- nos invitan a calar con ella cada vez más
hondo, hasta los últimos repliegues, donde tal vez encuentre –y
encontremos con ella– la explicación primordial que al fin acerque
el horizonte, la que no pasaba por el lenguaje, por la belleza ni
por los sobresaltos de ninguna historia, pero a la que sólo así
podremos, quizás, acceder.

¿Qué podés decir de la incidencia de tu historia personal en la
relación entre imágenes y palabra escrita?

–Antonio Tabucchi, en su Autobiografías ajenas, señala que toda
forma de escritura novelesca, especialmente la que pasa a través del
Yo, refleja siempre una imagen de uno mismo. Dice: "Escribir,
escribirse: la cuestión es siempre la misma, para hablar de uno
mismo es necesario buscar el uno mismo que no existe". Y asegura que
él siempre ha escrito autobiografías ajenas. De otra manera, o a mi
manera, podría decir que buena parte de la literatura de imaginación
es una suerte de simulacro de la autobiografía y las memorias.

¿Dirías, entonces, que en tu obra, por ejemplo La rompiente, te
internás en la ficción desde resortes de la memoria?

–Sinceramente, no lo sé. Coincido con Tabucchi cuando afirma que
tanto la verdad como la mentira en literatura no significan
nada. "La literatura es una realidad paralela", siempre es otra
cosa, afirma.

¿Volverías a transitar por caminos o propósitos ya recorridos?

–Ahora prefiero itinerarios distintos, porque me gusta tomarme el
pulso como escritora, aun a riesgo de no ser comprendida, de
fracasar en el intento, de perder o disgustar a mis lectores
habituales, que son pocos y muy queridos. El ejercicio de romper con
moldes y modelos una lo debe practicar también con su propia
escritura. De cualquier forma, ciertas obsesiones persisten, temas
que piden una recreación constante. En este sentido debo reconocer
que algunos elementos de La rompiente se colaron a El cielo
dividido, especialmente los relacionados con el cuerpo y la
enfermedad.

Y entre los personajes de las dos historias, ¿hay situaciones o
conflictos que se reiteran, circunstancias que las emparientan u
oponen?

–Ambas novelas están atravesadas por climas reconocibles que se
filtraron en los textos y las situaron en una Argentina asolada por
sus vaivenes dictatoriales y políticos. No podía ser de otra manera:
toda violencia deja sus marcas en el cuerpo social e individual.
Marcas que no quería ni podía describir dado su peso aterrador, pero
que están, aun de manera soterrada, condicionando la vida de los
personajes.

En tal sentido, ¿buscaste nuevas formas de trabajo? ¿Dirías que se
produjo una evolución en tu manera de aproximarte a lo que vas a
narrar?

–Ese es un constante desafío. De hecho, empecé a escribir La
rompiente guiada por el imperativo de encontrar una voz propia
liberada de cualquier mediación o autoridad y que pudiera hablar
oponiéndose al discurso dominante, que sirviera para romper con las
voces autoritarias de la Junta militar, que tuvieron una fuerte
ascendencia en buena parte de la sociedad argentina durante los `70
y `80. Trabajé con el tema del viaje y del exilio, y el del
silencio, aunque me interesaba especialmente tratar cómo la mujer
vivió esos desplazamientos y esas censuras. La novela arranca con el
viaje al extranjero, donde a la protagonista, una escritora, se le
facilita el poder hablar, sin embargo cuenta una historia que está
trabada por el miedo, por la imposibilidad de decir "la verdad".
Otra cosa que me propuse fue mostrar la permeabilidad entre lo real
y lo ficticio, entre vida y literatura. Hacia el final se expresa
sin tapujos el impacto de la violencia en el personaje femenino. El
quiebre de su identidad se manifiesta en depresión, "anhedonia": es
decir, enfermedad, la cama se erige en fortaleza contra un tiempo de
oprobio.

¿De qué manera es diferente El cielo dividido? ¿Y en qué dirías que
no lo es?

–En esta otra historia seguí explorando alternativas para
interpretar la temática del viaje pero centrándome en las violencias
que presenta un regreso tras largos años de ausencia, lo que se dio
en llamar el "desexilio". Ocurre a mediados de la década del `80, ya
recuperada la democracia. Les di mucha importancia a ciertos hitos
de escritura y trabajé la técnica de fragmentos, la multiplicidad de
voces, la superposición de tiempos narrativos. Intercalo la tercera
persona con relatos en primera dirigidos a diferentes escuchas que
oyen, interfieren u opinan, y modifican lo contado.

Diría que ese recurso, que también utilizás en La rompiente pero no
tan sutilmente, produce un desdoblamiento constante, algo como un
juego especular entre los personajes y sus voces, que enriquece
mucho el punto de vista. ¿Es eso lo que buscás?

–Busqué alternativas discursivas para interpretar de otra manera que
en La rompiente los efectos de la violencia vivida por muchos
argentinos, pero colocando a la mujer en el centro del discurso para
analizar su relación con la historia. Estos libros me permitieron
elaborar aquellos temas que me obsesionaban: el silencio, el viaje y
la memoria como recuperación. También las modulaciones de una voz,
ésa tan anhelada por la protagonista de La rompiente, y que no
resultó esplendorosa sino extraña, extrañada, una mixtura de
modalidades y giros lingüísticos, una voz contaminada por la
migración, cosa que denotan, de forma significativa, algunos relatos
incluidos en Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras, mi
último libro de ficción.

¿Mujeres raras en qué sentido?

–En verdad, sólo son raras para quienes esperan de ellas un
comportamiento que se amolde a las generales de las leyes sociales,
religiosas o políticas, que no acatan, porque se rebelan hasta de la
rebeldía. Raras, en todo caso, porque viven como extranjeras incluso
en su propio país. Raras, por el extrañamiento que desencadenan
ciertas situaciones en las que se ven envueltas. Raras, porque la
realidad, el afuera enrarecido, las descoloca. Algunas son víctimas
de exclusión; otras, incluso, de explotación paterna o laboral.

¿Algo enlaza un cuento con otro?

–Diría que es el propósito de representar los distintos tipos de
exilio, de batallas íntimas que se libran en estados extremos de
descomposición social. Por ejemplo en el cuento "La noche en blanco"
pongo en escena a una mujer mayor, una francesa que sobrevivió a un
campo de exterminio nazi y está exiliada en la Argentina, y a una
pobre niña que se queda sola cuando el ejército secuestra a su
madre. Hay ahí dos patrias que están en toda mi producción: la
histórica, asfixiante y llena de prepotencia; y esa otra, la de la
niñez, pilar sobre el que se construye la vida, se encarama la
memoria, se elabora el lenguaje –que es la patria más íntima de un
escritor–.

¿Estás en deuda con alguna historia que sentís que te está esperando?

–No sé si en deuda, pero en este momento estoy trabajando sobre una
década que yo no viví y que me interesa explorar porque me parece
significativa de nuestra historia como país, la del `30, pero
poniendo el acento en el presente con el objeto de rodear el enigma
de la cuestión argentina, representar el efecto de la
transculturación y poner en juego elementos que se cruzan entre dos
siglos, el XX y el XXI. En el marco de una Buenos Aires culta y
festiva –pese a la crisis que experimentaba–, tanguera y melancólica
pero llena de esperanza, por la que desfilan personajes muy
importantes de la literatura y la mitología del Cono Sur, se sitúa
la novela, que girará en torno de un drama oculto, inexplorado hasta
ahora, que el poeta granadino Federico García Lorca vivió durante su
visita a la Argentina.

Esta indagación, recuperación y re-puesta en escena de aspectos de
la vida de otro escritor, se asocia per se con tus trabajos sobre
Juan Rulfo. En ese caso específico, ¿cómo surgió tu romance con su
obra?

–Surgió cuando leí los cuentos y luego su Pedro Páramo, a principios
de los setenta. Recuerdo que quedé absolutamente seducida por el
lenguaje poético-campesino de su prosa, que dijera tanto en tan
pocas palabras, que recreara sutilmente, con ironía y con humor,
capítulos muy importantes de la vida política de México, como son la
Revolución Mexicana y la revuelta cristera. Fueron primero sus
libros y luego lo que me llegó de su extraña personalidad, su
melancolía, su negativa a seguir publicando, su perfeccionismo, lo
que desembocó inmediatamente en aquel primer texto, Juan Rulfo:
Autobiografía armada. Luego fue el segundo, Juan Rulfo. Las mañas
del zorro. Con la novela Pedro Páramo Rulfo logró algo que fue un
postulado para muchos narradores de su generación: revitalizar la
palabra en función de un género que parecía sucumbir en aguas
estancadas, apostar por una auténtica renovación estética. Y éste
fue, quizá, su mayor hallazgo: ajustar hasta el paroxismo el
lenguaje particular con el que se expresan sus personajes. Operar
con la condensación y el rigor del poeta que lo llevó a corregir sus
textos hasta la desesperación, persiguiendo siempre la forma más
eficaz de expresar una idea o un sentimiento, de dar con una voz
única. Esta fue la lección de Rulfo que yo traté de asimilar para mi
proyecto de escritura, una lección que también encontré en autores
geográficamente más próximos, como Borges y Onetti.

¿Conociste a Rulfo?

–Sí, estuve con él un par de veces en 1974, cuando visitó nuestro
país como parte de la comitiva del presidente Echeverría en un
recorrido por América latina para preparar un encuentro de
escritores de la región. Yo ya había publicado Autobiografía armada
y llevaba un ejemplar para él. Aunque parco en palabras, porque era
tímido e inseguro, habló extensamente de ciertos temas, por ejemplo
uno que lo obsesionaba: el asesinato por la espalda de su padre a
los 33 años, cuando Rulfo tenía sólo seis. Un hombre amable que a
pesar del éxito inmenso de su obra llevaba en el rostro la pena
enorme de sentirse un escritor fracasado, uno que por inhibición o
autoexigencia desmesurada no podía escribir nada que considerase
apto para su publicación. Sentí que en esto consiste el verdadero
fracaso de un escritor.

¿Existe en vos un lector imaginario, ideal, para el cual escribís?

–Como no soy complaciente cuando leo y suelo subrayar líneas del
texto, apuntar comentarios en los márgenes de los libros –cosa que
indignaría a los profesores que tuve–, imagino a mis lectores
haciendo lo mismo; los veo con un lápiz en la mano, llenando de
interrogantes, tachaduras y correcciones algunas de mis páginas; los
veo escribiendo otro libro, más diáfano, casi perfecto, ése con el
que yo sueño y no puedo realizar. Son los lectores ideales que
necesito para alimentar la ilusión de escribir algo que supere todo
lo anterior y me salve como escritora.

¿Qué autores tuvieron peso en tu propia estética?

–A Maupassant, Chéjov, Poe y Kafka, que circulaban en mi casa,
empecé a leerlos a los diez o doce años. Luego conocí a Camus,
Sartre, Simone de Beauvoir y la literatura latinoamericana. En los
sesenta y setenta todos los jóvenes teníamos un libro de Cortázar,
Rulfo, Onetti, Vargas Llosa o García Márquez en la mesa de luz.
También me interesé especialmente en Borges, Silvina Ocampo,
Felisberto Hernández y, desde luego, Roberto Arlt. También tuvieron
gran peso en la construcción de mi propia estética las obras de
Virginia Wolf, Carson McCullers, Flannery O'Connor, Djuna Barnes,
Salinger, Nabokov, incluso Marguerite Duras y Yourcenar. Escritores
diversos y estéticas distintas que sin embargo me permitieron
encontrar una dirección propia que todavía intento consolidar.

Al escribir, ¿cómo te relacionás con la belleza, con la verdad, con
el bien?

–Vuelvo a Tabucchi cuando dice que los creadores son quienes mejor
sospechan la verdad a través de la ficción. Diría que una escribe
para acercarse a la verdad y la belleza, para poner orden en el
caos, para encontrarle ciertos atisbos de esplendor a la realidad,
que es, de por sí, opaca, desangelada y simplificadora. Sin
literatura, sin colocar la novela en la vida, a mí quizá se me
habría hecho imposible entender ciertas cosas que hemos vivido los
argentinos de mi generación, no hubiera podido ver ni sentir nada
con la misma intensidad o con la misma conmoción. En cuanto al bien,
sin un sentido ético de la vida sería imposible escribir algo que
mereciera la pena de ser leído. Un escritor en la Europa del post
Holocausto o en la América de las dictaduras y las democracias
complacientes, debe tomar parte, declarar su repudio y trabajar,
desde los estrados a su alcance, contra la intolerancia. Y eso es lo
que yo hago, modestamente, sobre todo a través de la escritura, mi
arma secreta.

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Mujeres desde el cordobazo hasta nuestros días

Artemisa Noticias
| 3.11.2006

¿Participaron las mujeres del Cordobazo? ¿Cómo fue su militancia? ¿Y cómo lo sigue siendo para las mujeres de Córdoba hasta el presente? Estas y otras preguntas responde el libro 'Mujeres desde el cordobazo hasta nuestros días' a partir de la voz de las propias protagonistas.

Mujeres desde el cordobazo es un logro del Movimiento de Mujeres de Córdoba, que intenta con él compartir testimonios de mujeres de esa provincia que, desde hace casi cuatro décadas vienen haciendo historia. 'Este intento por rescatar historias de mujeres de las últimas décadas se enmarca en la necesidad de relatar cómo las mujeres se ven a sí mismas y a su mundo, lo que hoy se evidencia por la aparición de publicaciones y espacios que se abren para dar cuenta de los variados aspectos de su marcha', dice la introducción.

Entre esas mujeres está Lidia Palacín, nacida en 1919, que recuerda que el día del Cordobazo, como tantas otras mujeres que acompañaron a militantes, 'no me sentía una protagonista para nada, yo ese día sufrí muchísimo como madre pensando en mis hijos y los peligros que corrían.' Pero que aprovecha para contar también su lucha personal: 'Me sentí siempre orpimida por el machismo de mi marido. Sin embargo yo seguía adelante. ¿Qué me movía a mí a seguir tan sumisa? Mi marido tenía celos enfermizos y en todo hombre veía un candidato para mí. Algunos me decían: Es mucho lo que te quiere. Yo creo que eso es falta de respeto'.

Por su parte, Marta Sagadin habla del Mayo Francés y sus implicancias para las mujeres cordobesas: 'los estudiantes y las estudiantas se lanzaron a la calle y más que las barricadas en las calles, me impactaron las chicas, vestidas con los pantalones pata de elefente, que aquí también usábamos y que en sus pintadas exigían el 'derecho de ir a trabajar en pantalones'. El sistema aquí y allá nos enfrentaba, en parte, a lo mismo, a lo que hoy entiendo como mandatos patriarcals que imponían a las mujeres formas de actuar, de pensar y hasta de vestirse. ' Ese año, ella sufrió en carne propia un pedido que hoy suena absurdo. Su hija fue operada del corazón y un día la llamó el jefe de sala para comunicarle que las mujeres no podían permanecer en pantalones en el hospital. 'Por supuesto no hice caso. Pero era un preaviso de lo que pasarían en el Pais y también en Chile, unos pocos años después, cuando los militares además de matar, secuestrar, violar, paraban a las mujeres en la calle y con una tijera les cortaban los pantalones debajo de la rodilla.'

El trabajo recopila además las historias de militancia de María Teresa Mercianiadri de Morini, Ana María Peña, Soledad García, Dinora Gebennini, Marta Aguirre, Susy Carranza, Rosa Montoya Albert, Inés Bruno, Isabel Guzman, María Salme de Burnichon, María Otlia Lescano, María Escudero, María INés Mazziotti, Eva Argentina Ramallo. Y presenta también poesías y fotografías de distintas mujeres del movimiento.

El Movimiento de Mujeres de Córdoba surgió en el año 2000 pero su historia está ligada a la de los Encuentros Nacionales de Mujeres. El segundo se hizo en Córdoba en el año 1987 y las que entonces fueron parte de la comisión organizadora -mujeres de partidos políticos, profesionales de organizaciones barriales, de sindicatos, de ONGs, feministas, entre otras- siguieron trabajando juntas hasta adoptar hace 6 años el nombre de movimiento.

220 pgs. Editado por el Movimiento de Mujeres de Córdoba.